Archivo de la categoría: 2015

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Una casa en llamas (Maximiliano Barrientos)

Maximiliano Barrientos
2015
96 páginas
Eterna Cadencia

No cuesta reconocer en estos relatos de Maximiliano Barrientos lo que ya estaba presente en sus dos anteriores novelas, Hoteles y La desaparición del paisaje, novelas en las que Maximiliano construía potentes imágenes en las que sus personajes indagaban en un pasado que reconstruían como un puzzle en el que faltaban muchas piezas y en donde el lector asistía a una recomposición, mezcla de recuerdos y ficciones, si acaso a menudo no son lo mismo.

En La casa en llamas, publicado por Eterna Cadencia, Maximiliano reúne seis relatos y hay un hilo conductor, una especie de mal fario, que no solo flota en el ambiente, sino que cala en los personajes, a los que parece que la soledad, la tristeza, la desesperanza, el dolor y los recuerdos trágicos, los acorralan y los dejan a la intemperie, al albur de un presente tan líquido como precario.

En No hay música en el mundo tenemos a un boxeador en el ocaso de su carrera a quien la derrota sobre el ring se unirá la mofa por parte de unos cazadores, donde las ganas de descansar del boxeador, quizás de reinventarse, se verá reemplazadas fatalmente por el sueño eterno.

En Algo allá fuera, en la lluvia, mientras al protagonista le comen la verga, éste no se quita a su padre de la cabeza. Una familia rota, el pasado hecho añicos, la cabeza maltrecha, esos procesos químicos que conducen a hacer cosas arbitrarias, ante las que un por qué, produce un eco mudo.

En Sara, una mujer, Sara, se cobra su particular venganza secuestrando temporalmente al hijo del hombre que en su día permitió que la violaran. Una mujer que constata que una parte suya ha muerto cuando ve en un bar a otras mujeres más jóvenes, más joviales, mujeres en las que ya no se reconoce, mientras su pasado traumático, no acaba de pasar, ni de pesarle.

En La memoria de Tomás Jordán un joven celebrará cada año con la mujer de su hermano asesinado en un atraco, la muerte de éste, una rememoración macabra, donde el pasado, convertido en presente continuo es una herida que mana, que nunca cicatriza porque el protagonista así lo quiere, como si ese recuerdo trágico, pero recuerdo al fin y al cabo, fuera la única manera de sentir a su hermano muerto, de resucitarlo y de sentirse él a su vez vivo también.

En Fuego tenemos a una pareja que se une y desune, donde no faltan las infidelidades, el amor trágico, un aborto. Una relación durante un lustro. Una relación que se malogra con la locura de ella. Una imposibilidad más.

El relato que cierra el libro, el más largo, de título Gringo, es el más salvaje de todos. Un extranjero, el Gringo, el tío del narrador, pasa al primer plano con unas fotos antiguas en las que se le ve haciendo cosas horribles. Ante esas fotos, surge la duda de qué hacer. Esa duda ante la que el narrador ejercerá de juez, para cambiar, no unos actos pretéritos, sino para evitar las consecuencias que los mismos pueden tener. Lo que nos llevaría a pensar acerca de en qué medida la verdad a secas, opera como una liberación o bien como una condena. En qué medida, saber, nos ayuda o nos esclaviza al pasado.

Creo que la mejor novela de Maximiliano todavía está por venir, dado que ya hay una voz, un estilo y cosas que contar.

Camposanto en Collioure

Camposanto en Collioure (Miguel Barrero)

Miguel Barrero
Trea Ediciones
2015
118 páginas

El título ya nos da la pista acerca del contenido del libro. En la portada vemos a Machado, a su espalda el pueblo costero francés de Collioure, donde Antonio Machado está enterrado.

El autor, Miguel Barrero, a fin de recrear el periplo de Machado, decide hacer lo mismo; seguir sus pasos, con la vana ilusión de creer que sobre esas mismas pisadas experimentará algo similar a lo que tuvo que sufrir Antonio camino del exilio, en 1939.

Lo que Miguel nos cuenta da para un artículo de unas 8 páginas en un suplemento dominical, de esos que escriben tan bien escritores como Llamazares, Rivas, Vicent. Miguel, en lugar 8 páginas, se desparrama durante casi cien y ante tamaña extensión la narración va dando tumbos, apareciendo y desapareciendo, como ese río que todos conocemos.

Comienza entrevistándose con el poeta Ángel González, poco antes de morir éste; entrevista de la que apenas saca nada en claro, pues Ángel apenas recuerda nada del viaje que hizo décadas atrás hasta la tumba del poeta. Toma la decisión entonces de ir hasta Collioure, pero antes visita en Salamanca el Archivo de la Guerra Civil, donde Miguel, a lo Beevor, le toma el pulso a la guerra, con algunas cartas escritas por un soldado, que informa de su día a su día en misivas que envía a su familia regularmente. Así llevamos ya 25 páginas.

Una vez en Collioure el autor echa pestes del ambiente turístico «ese ritual de cuerpos mórbidos, puestos ambulantes de comida refrita y chiringuitos malolientes» y visita la cercana playa de Argelès-sur-Mer, donde llegaron a hacinarse cien mil españoles que huían de España y fueron allí confinados por el gobierno francés.

Se da la circunstancia de que Walter Benjamin, hecho preso en Collioure, que no quiere ir a parar a manos de los nazis, decide suicidarse dejando unas palabras para su amigo Adorno al que ya no vería más.

La tragedia de la guerra civil se plasma en el que considero el mejor párrafo del libro:

Es curioso que las consecuencias que tuvo la Guerra Civil para aquellos que la perdieron se resuman en el nombre de tres poetas (Federico García Lorca, Miguel Hernández y Antonio Machado) cuyas muertes simbolizan a su vez, los tres castigos supremos que tanto el conflicto como quienes se acabarían alzando con la victoria iban a infligir a sus adversarios: fusilamiento, cárcel y exilio.

En el resto de la narración el autor recrea lo que pudieron haber sido esos días de soledad y abandono de Machado y de su madre en Collioure, aliviada en parte esta soledad al trabar algo parecido a una amistad con un joven ferroviario, un tal Valls, y se explicita bien, la desesperanza que asola a quienes como sucede ahora mismo se ven obligados a consecuencia de la guerra a tener que abandonar sus casas, sus vidas, para vagar por caminos, con pocos enseres y un futuro, convertido en un término hueco.

Me encuentro algunas erratas como «conmemorar la memoria de los Republicados Españoles», «aquel grupo de judíos errantes a los que habían dado el alta unas jornadas atrás siguiera su marcha«.
Otra cosa que me choca es que si estuviéramos en el Siglo XV, podríamos decir que Collioure es un sitio remoto. En 1936, lo mismo que hoy en día, Collioure se encuentra a 20 kilómetros de la frontera, así que cuando leo: hemos venido a este remoto rincón del mundo a compartir una derrota, entiendo que el autor quiere remover al lector, llevarlo al desgarro, y está bien que se faje con la ignominia, la barbarie, la infamia que supuso la guerra cainita, pero vamos, de ahí a que nos haga ver que Collioure es un lugar remoto, no lo acabo de ver.

Interesante resulta lo que nos cuenta Barrero de George Orwell quien vino a España durante la guerra civil con mucha ilusión, para luchar por una causa que creía justa, y se fue desilusionado y después de escribir sobre lo que había visto y vivido, en su libro Homenaje a Cataluña, pasar a convertirse en enemigo de la causa comunista, y ver cómo los intelectuales, antes amigos, le retiraban el saludo y la palabra.

Para mí, la figura más notable del libro es Ana Ruiz, la madre de Antonio. A pesar de que ronda por la narración casi como un fantasma, el ver morir antes que ella a su hijo, lejos de su tierra, ya medio ida, preguntando si falta mucho para llegar a Sevilla, resulta una metáfora doliente de lo que significa el exilio.

Nunca vienen mal libros como este de Miguel, afanes como los suyos; nunca debemos dejar languidecer la memoria, ni dar la razón a esos que nos animan a no mirar nunca para atrás, a no remover el pasado dicen, presentistas a ultranza. Las próximas generaciones tienen que saber quién fue Machado y por qué está enterrado en Francia.

Al hilo de esto, lo más bello que he leído sobre lo que implica sentirte un exiliado fue leyendo el último capítulo de la novela Los extraños, de Vicente Valero, con un final en un camposanto que te deja, como mínimo, sin aliento.

La habitación del Presidente

La habitación del Presidente (Ricardo Romero)

Ricardo Romero
Eterna Cadencia
98 páginas
2015

Ricardo Romero nos ofrece una historia que se presume misteriosa.
En un barrio todas las casas disponen de una habitación destinada al uso del Presidente, quien puede ocuparla cuando le plazca. El protagonista es un niño, que anhela ver al Presidente y que un día verá cumplido su sueño. El Presidente, llega, se sienta, bebe, y deja la casa. El niño, primero es un niño en espera. Si el relato ya era mortecino, después de la visita del Presidente, lo que resta es casi una agonía, pues el resto de las visitas se suceden sin aportar nada nuevo al relato.

Es malo cuando una historia de suspense no ofrece suspense, o es de tan baja intensidad; cuando no hay misterio, o este apenas da de sí, cuando el niño, más que un personaje parece un holograma, cuando la casa no da el más mínimo miedo, cuando el Presidente es tan gris y anodino como otros Presidentes que tan bien conocemos.

Quizás todo este relato fantástico sea metáfora de algo y quizás ese sea el misterio de este cuento, quizás.

Historia secreta del mundo

Historia secreta del mundo (Emilio Gavilanes)

Emilio Gavilanes
Ediciones de La Discreta
248 páginas
2015

Esta historia secreta del mundo como se advierte en la contraportada del libro trata sobre momentos estelares y momentos no estelares de la humanidad. Sobre el primero, sobre los Momentos estelares de la humanidad, ya tenemos el fantástico libro de Stefan Zweig, donde el autor da cuenta de gestas épicas, heroicas, de naturaleza casi sobrehumana.

Aquí, Emilio Gavilanes, opta por esos otros momentos que no tienen ese fulgor, esa relevancia, esos instantes que no quedarán inmortalizados en los libros de historia porque los llevan a cabo gente normal y corriente, que en el tránsito que va de la nada de la que venimos a la nada a la que vemos, apenas dejan huella, o si la dejan es de manera casual. Interesa más la vida de Iván Yakut y su hazaña pasiva (también heroica en su intimidad) que las gestas épicas de sus contemporáneos como Scott o Amudsen. El mundo como paradoja se plasma en la historia de ese asesino que al querer ser quemado por sus ejecutores en una turbera, a razón de sus crímenes (con la esperanza de borrarlo del todo), pasados tres milenios reaparecerá muerto, pero intacto, mientras que sus ejecutores, desaparecen sin dejar rastro.

Es la narración un flujo incesante de relatos cronológicos, algunos reducidos a un instante, a un fogonazo. Desde la creación de la Tierra entre estertores, hasta mediado el siglo XX.

Hay un hilo conductor, o así lo veo yo, que es por un lado la curiosidad humana por descubrir continentes, por surcar mares y océanos, por hollar crestas montañosas, por llegar a lugares recónditos ya sean desérticos o árticos, donde el ser humano encuentra a menudo sus límites al mismo tiempo que levanta su acta de defunción.

Otros ingredientes básicos en este flujo narrativo que da cuenta de la historia del mundo, son el odio, la venganza, la sinrazón, la maldad, las cuales desgraciadamente no son improrrogables, y que desde el comienzo de la vida humana, desde que el hombre cazaba animales para sobrevivir, se vienen repitiendo y justificando, bajo distintas formas de explotación, de aniquilamiento, de genocidio.

Especial relevancia en esta historia tienen las singladuras marítimas, las hazañas bélicas, las guerras mundiales, la guerra civil, donde el ser humano muestra lo más mezquino y lo más propio de su ser, aunque quisiera éste elevarse creo, mediante las artes, pero a quien su vuelo gallináceo, hace aplomar prontamente, tomar tierra, besar el suelo, morder el polvo, y convertirse en seres rastreros, dominados por los instintos más bajos, convertido el hombre en un animal salvaje, al margen del progreso que él mismo faculta.

Asoman en estas páginas personajes conocidos como Alejandro Magno, Hitler, Stalin, Koestler, Eliade, Marie Curie, y otros muchos. Pero no es momento de dar aquí cuenta de todos ellos.

Lo que Emilio Gavilanes nos brinda en este fantástico libro (ganador del Premio Setenil al mejor libro de relatos el año pasado) es un puñado de momentos únicos, irrepetibles, relatados con una prosa directa, transparente, luminosa, apasionada y apasionante, que uno se ha visto abocado a leer de forma compulsiva y que no hurta lo peor de la condición humana, un aviso para que no olvidemos que toda conquista social es reversible y que hace falta muy poco para volvernos bestias, que bastan, como vemos a diario que haya cientos de miles de personas abandonadas a su suerte (para muchos, en su imaginario, los refugiados ya son Los nuevos Bárbaros) para que Europa (nosotros) muestre (mostremos) su (nuestra) peor cara.
Acaso la única que tiene (tenemos) y tendrá.