Archivo de la categoría: Editorial Espasa

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Doménica (Gonzalo Torrente Ballester)

Doménica, es una novela póstuma de Gonzalo Torrente Ballester que compré en la fundación que lleva su nombre, a mi paso por Santiago de Compostela.
www.devaneos.comDoménica

Conviene leer Doménica (y disfrutar de sus bonitas ilustraciones obra de Maravillas Delgado) al tiempo que, por ejemplo, Supermask. Olivia y el misterio del Panda de Jade, para ver la diferencia entre un libro como el de Gonzalo que rezuma imaginación, fantasía, humor y lo más importante, literatura de la buena, y sagas como Supermasks, que colonizan las librerías y que no son más que una majadería pues deben pensar que los niños son imbéciles, así sus textos son planos, banales, previsibles y aburridos.

Gonzalo mete en su texto entre otras muchas cosas hayas y ayas, reyes, princesas, ogros, encantamientos, brujas, guerras, y además hay incluso metaliteratura, pues Domenica, que no se llama Dominga porque sonaría obsceno, crea personajes y escenarios con su mente, algunos de los cuales luego cobran vida propia.
El texto es un gozo, habida cuenta su imprevisibilidad, reina la fantasía, la sorpresa y aunque haya muchos desencantamientos, al final, uno queda encantado con la lectura, tras habitar poco más de 100 páginas por los derroteros mentales de Gonzalo, que escribió esta novela con 90 años y que demuestran que la edad no mermó en sus postrimerías su fértil imaginación.

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El lenguaje de los bosques (Hasier Larretxea)

Meridianos de tierra me puso en la pista de Hasier Larretxea (Arraioz, 1982), que recién ha publicado El lenguaje de los bosques, expansión y confirmación de lo esbozado en el poemario anterior. Las constantes vitales se mantienen, el amor a la naturaleza y a los animales también.

Habla Hasier ya desde el título de libro de lenguaje, y del diálogo, pues aquí la naturaleza no es algo pasivo acreedor de la mirada arrebolada del viajero, del turista, de aquel para quien la naturaleza es únicamente digna de ser contemplada, fotografiada, retratada (aunque Hasier también dedica unas cuantas páginas en las que nos habla de cómo los bosques, o la naturaleza, les permite a distintos músicos, fotógrafos, pintores y artistas conceptuales exponer su mensaje empleando como materia prima el hábitat natural que articula su obra. O dos directores como Medem o Montxo Armendáriz que han rodado algunas películas en estos parajes, películas como Vacas, Tasio o Silencio roto en Saragüeta), sino que la naturaleza, estos bosques recogidos en esa geografía norteña que se extiende por Navarra, País Vasco, Huesca y llega hasta territorio francés, manifiestan la simbiosis perfecta entre el hombre y el árbol, entre la naturaleza animal del hombre y la vegetal y así el texto se va desgranando en estos términos, y se nos explica poniéndose Hasier en primer plano, cuales son sus raíces tanto paternas como maternas, esa raíz (tradiciones, recuerdos, afectos, donde el relato biográfico se nutre de anécdotas familiares que abordan el contrabando en los duros años de la posguerra civil, y las duras condiciones de vida en los caseríos, donde sin el auxilio de divinidad alguna ni de apoyo institucional, poner un plato de comida encima de la mesa se lograba con mucho esfuerzo. Hasier refiere también un buen número de experiencias de su padre, siempre ligado éste al monte, al bosque, al tacto con los árboles y al negocio de la madera -Hasier habla sobre los distintos tipos de árboles y su aprovechamiento maderero o su utilidad para obrar como cortafuegos, la invasion de los pinos y de los eucaliptos en España en detrimento de otros árboles que tardan más en crecer como los robles o la necesidad de mantener los bosques saneados, dado que la despoblación rural afecta también a los bosques que acaban abandonados a su suerte-, desde que se comienza a curtir a los 17 años en la montaña convertido en algo parecido al Último superviviente) que nos fija al terreno, nos alimenta y sustancia, aquello que nos conforma y nos hace ser lo que somos, aquello, en definitiva, de dónde venimos.
PosadasLuego viene el tronco, el crecimiento personal, el no seguir el surco profundo del camino paterno -y la desilusión de Patxi, su padre, al constatar que ninguno de sus dos hijos seguirá su estela como aizkolari de éxito, aunque al menos uno de ellos proseguirá en el oficio de la madera- y tirar campo atraviesa por los dominios de la poesía, donde Hasier se buscará y encontrará a sí mismo, dejando finalmente Arraioz, su pueblo, en el Baztán, para mudarse a la villa de Madrid, lo que le permite analizar (aunque peque de cierto maniqueísmo) el contraste entre la vida urbana y la vida rural, donde la vida urbana es ruidosa, caótica, contaminante, demoledora, y la vida rural es apacible, calma, silenciosa, beatífica, balsámica.

A lo largo del texto Hasier expone algunos ejemplos sobre cómo la vida urbana puede también conciliarse con la vida natural, citando los proyectos en marcha para una ciudad bosque en China o los rascacielos vegetales de Milán, si bien leyendo otros textos como el ensayo de Paco Cerdà sobre la despoblación rural o Las vidas a la intemperie de Marc Badal, vemos que la vida rural parece una luz que titilase mientras el viento soplara a su alrededor cada vez más fuerte.

A pesar de lo anterior, en el texto se recogen ejemplos de jóvenes ilusionados y empecinados en mantener las tradiciones, en su ilusión por seguir disfrutando con los deportes rurales, como en el caso de los aizkolaris, o de los levantadores de piedras, afición compartida ahora por hombres y mujeres dispuestos en algunos casos, como se lee, a darse auténticas kilometradas cada día para poder hacer aquello que les gusta y poder seguir afianzados en el terruño. Hasier rememora a su vez aquellos oficios que van desapareciendo como lo referido a los almadieros, o el caso de una joven carbonera que mantiene vivo el oficio que le legó su padre.

El libro, que en algunos momentos acusa ciertas redundancias, lo leo como un emotivo y sincero homenaje de Hasier hacia Patxi, no solo ya por lo que supone el rol de un padre para un hijo, sino como esa figura paterna que trasciende hasta erigirse en metáfora de la vida salvaje, natural, libérrima, sincera y honesta, la cual es aquí vindicada, desde el sentimiento filial, desde su raíz hasta la copa, con palabras aventadas entre el humo del ayer y el aliento del porvenir.

El texto se acompaña de fotografías en blanco y negro de Paola Lozano Flores e ilustraciones de Zuri Negrín. Aquí puedes escuchar la banda sonora del libro.

Espasa. 2018. 358 páginas

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Bailarás cometas bajo el mar (Xoel López)

Cada vez más cantantes publican con éxito sus poemarios. Al lado de este de Xoel López, que algunos conocerán primero de su etapa como cantante de Deluxe y ahora ya cantando en solitario (con lanzamiento de nuevo disco, Sueños y pan, el 17-11-2017), he visto otros poemarios de Marwan, Javier Corcobado, Ismael Serrano, Kutxi Romero… Xoel como cantante me gusta mucho, pero este poemario no me ha parecido nada del otro mundo. Creo que sobran unos cuantos poemas de los más de 70 que hay en el poemario, y otros muchos son bastante simples, poco más que anécdotas como su paso por los Estados Unidos, el eterno retorno del 1 de septiembre, lo Efímero de los los pensamientos que se nos van de las mientes antes de llegar a ponerlos en el papel, de ahí que los lea y olvide casi a la par. Algunos poemas cortos, poco más que juegos de palabras los he disfrutado:»Si inventaran la máquina del tiempo, todo pasado sería peor«. En LLANURAS Voy recorriendo tus llanuras frenando con los labios, por si me estrello.
Como cantante Xoel quiere romper en POLIZONES los límites, si los hubiera, entre poesía y canción:

Qué importa
si es poesía
o es canción

Ahora que Xoel tiene ahora 40 años y está ya en el ecuador de su vida, este poemario lo veo como un echar la vista atrás, un hacer balance, siempre con la mirada en lo más próximo, cercano y motivador, el amor de su pareja, la cual no sustancia ya fantasías eróticas, ni alimenta un amor obsesivo y excluyente sino que ese amor tiene razón de ser y gana en profundidad cuando el amor a dos se funde en un abrazo con el “universo”, término que aparece unas cuantas veces, porque este poemario, este bailar cometas me parece un abrazo al mundo y al hacerlo bajo el mar, es como buscar el aliento del otro, del más próximo.

Entiendo unos cuantos poemas como una toma de conciencia de lo que se es (SECRETO: Hoy me regalas un secreto y yo te prometo para siempre olvidarlo), de la asunción de los errores, del aguafuerte del yo (una voz que dice: evitar la tristeza es como esquivar la luna. Es desterrar la propia vida), de sus limitaciones y aristas, un despojarse de lo innecesario para ir en pos del meollo de la existencia y también un admitir al otro no desde el atavío del ideal, sino desde el harapo del desgaste diario, de la cama fría, desde la asunción de El PAISAJE COMPLETO, pero donde a pesar de todo, el amado otro, es la casa, la luz, el alimento, el amparo, en definitiva. Como dice en (INSTRUCCIONES PARA DECIR) TE QUIERO, hace falta soñarse, quemarse, perderse, olvidarse, reconstruirse […] para que un «te quiero» suene a eso, O en TODO LO QUE TE PUEDO AMAR: Cómo decirte que soy todo lo que te puedo amar.
O en DISFRACES:

He aprendido a quererte
con todo lo que fuimos.

Por todo lo que soy.

Los poemas que van en esa línea me gustan, como BOXEADOR, me recuerda a El perdedor de Bukowski

Chico, tu no sabes pelear» me dijo.
y yo me levanté y le lancé de un golpe por encima
de una silla.
fue como una escena de película y
allí quedó sobre su enorme trasero diciendo
sin cesar «Dios mío, Dios mío, pero ¿ qué es lo que
te ocurre?» y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.
.

En el poema BOXEADOR de Xoel leemos:

Golpeé todo en la vida
como si fuera un saco de boxeo.

Golpeé todo, siempre,
hasta que me sangraron las manos.

Un día bajé la guardia,
me acosté a su lado,
y comenzó mi idilio
con el universo
.

Me gusta Siglo XXI, para mí el mejor poema del poemario, donde el autor apuesta por la poesía, la cual es imparable, a la cual no se la puede ni amordazar, ni ningunear, pues está en todas partes y sin ella, como sin oxígeno, la vida nos resultaría asfixiante.

SIGLO XXI

No hay tiempo para la poesía.
Sólo hay redes, pantallas, horarios.
No hay huecos ni calendarios
para las cosas bellas.

No hay tiempo para buscar
debajo de cada piedra,
detrás de cada montaña,
el rayo que atraviesa cada cuerpo.

No hay lugar para la poesía,
pero la poesía se cuela
por la ranura de la puerta
por el hueco de la ventana.

Entre los cables enmarañados.
Entre las multitudes.
En tu bandeja de entrada.
En tu casa.
En tu cuerpo.
En todas tus fisuras.

No hay espacio para la poesía,
pero está en todo y todo lo alcanza.

Porque a fin de cuentas y como cantaba Xoel en su temazo Tierra, sin palabras, dime qué nos queda. El arte es un salvación dice Xoel. Sea.

Espasa Libros. 2017. 140 páginas. Ilustraciones de Sr. García.

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Terraza en Roma (Pascal Quignard)

De Pascal Quignard (1948 -) había leído anteriormente Vida secreta. Aquel me resulto tan árido como subyugante pues el libro estaba recorrido por toda suerte de hallazgos, de apuntes etimológicos y de un desvelamiento de las pasiones humanas poco corriente.

Terraza en Roma me ha parecido un relato más convencional. Todo lo convencional que puede resultar Quignard.

La novela son una suma de fragmentos que recomponen la figura de Meaume grabador o aguafuertista lorenés nacido en 1617, el cual sufre el derramamiento de ácido en su rostro lo cual le supondrá arrostrar esa carga de por vida, al tiempo que ve como Nanni la mujer que ama se separa, o desgarra, de su lado. La narración es un continuo trajín pues como Meaume dice la vida del pintor es una vida errante, siempre de país en país, de ciudad en ciudad, por Francia, Italia, España Inglaterra…

El ritmo es acelerado unas veces y sosegado otras. Hay exaltación y quietud, plenitud y vaciado, un narrar depurado, elegante, preciso -como la composición muy precisa que podemos hacernos de los aguafuertes que Meaume va creando y los momentos que los originan-, adensado, cifrado en un código existencial binario, no de ceros y unos, sino de blancos y negros, aquellos colores con los que trabaja Meaume, dos colores suficientes para mostrar su mundo desgarrado, su dolor inmanente, su vaciado interior, para ir de un extremo al otro, de la luz a la oscuridad, de la exaltación a la ira, del cielo a la tierra, pues al final es como si todo esto de los colores con los que se ensimisman sus colegas pintores, no fueran más que un montón de velos para ocultar el abismo que hay detrás, aquel precipicio por el que despeñarse, al tener que dejar este mundo de una manera atroz: después de más tres de meses sin probar bocado. Así Meaume.

Espasa. 2000. 140 páginas. Traducción de Encarna Castejón.