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Liturgia de los días. Un breviario de Castilla (José Antonio Martínez Climent)

Once cartas dirigidas a A. conforman esta Liturgia de los días, un breviario de Castilla de José Antonio Martínez Climent (Alicante, 1965). El prólogo es obra de Victoria Cirlot.

Al leer las cartas pensaba en otras, las escritas por Séneca a Lucilio, cuando el primero, después de una vida exitosa, decide apartarse de la vida pública, al final de sus días, y se decanta por una vida apartada y recoleta. El autor, que leyendo sus cartas -con leves apuntes autobiográficos- veo que ha viajado lo suyo por el orbe, decide fijar plaza (no sé si definitiva) en tierras de Castilla (la juventud fue en una huerta al norte de Alicante) y a falta de un Lucilio, aquí será el lector (por desgracia, poco común) quien tendrá a bien abrevar en estas aguas nutricias, en estos pensamientos arborescentes, aforismos, sentencias, posicionamientos y quién por ende se beneficiará de ellos.

Si la vida en un pueblo, para la mayoría puede resultar hoy un plomo, a no ser que esta sea casi idéntica a su vida en las ciudades, a la que aspiran muchos neorurales de nuevo cuño, bien amarrados a la banda ancha y a toda la casquería digital, al autor, todo este progreso tecnológico, sito en un pueblo del Cerrato aledaño al Canal de Castilla, parece sobrarle, de tal manera que lo que anima estas páginas es lo que la afilada y erudita mirada es capaz de registrar y volcar en el papel, sancionando lo que decía Linneo: que si ignoramos el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabemos de ellas. Pero no es tan solo un registrar lo que pasa por el cielo, toda clase de aves, ya sean alondras, cuervos, pinzones, estorninos, carboneros, urracas, milanos reales, becadas, águilas calzadas o ya más próximo a la tierra, toda clase de árboles, sean chopos, encinas, robles, sauces, olmos o bien la sedería de las arañas en los rincones; no, lo que creo que anima los textos es constatar cómo una forma de vida ha sido desmantelada, o arrumbada, sin que haya remplazo para los pastores que se jubilan, toda vez superadas ya las jornadas de sol a sol en el campo, asimismo el trabajo duro o la lidia con la soledad, intrínseca a lo rural. Ve también el autor en el campo un misterio que el progreso quiere desvelar (si no lo ha hecho ya).

Pensemos en pueblos acosados por autovías que anulan todo el sentido del tiempo (tiempo aquí pautado por el paso de las estaciones; las cencelladas invernales, las canículas estivales, los desperezamientos primaverales), el locus amoenus del hombre moderno es la sumisión completa al Estado, dice el autor, para un Leviatán cada vez más acaparador, como si regresara a nuestros días imperiosamente el Consejo Nocturno propuesto por Platón para su polis ideal. Un Estado que comparece en cada carta, un Estado celoso de cualquier surgencia de poder, de cualquier emanación de significado.

Castilla deviene hoy en parque turístico y la memoria de los pueblos queda a cubierto en los museos, detrás de las vitrinas, inofensivas.

Antes creo que la distinción entre lo rural y lo urbano estaba clara. Ahora no tanto. Ahora en lugar de ser dos mundos distintos y singulares, parece que el primero se define en función del segundo; pueblos que han perdido la identidad, la pequeña burguesía que rechaza las potencias numinosas del agro. La transubstación de campo en urbs, dice el autor. Hace unos días vi As bestas, y entre muchas cosas que se tocan en la película, una importante era cómo se integra un extranjero en un pueblo, cuál ha de ser el camino a seguir, qué procede hacer, cuales son los usos locales.

en el caso más que dudoso de que el Consejo de los Hombres del Bar resuelva (emitiendo un decreto escrito en las volutas de humo de puro o en el crujir de las pieles de gamba) a su favor, y con el paso de los meses, en las capas superficiales del nomos local. Un día cualquiera se verá sentado en un taburete haciendo ese gesto imperceptible cuya ciencia ha aprendido y ahora imita con resuelta torpeza (así lo piensa el camarero, que es hombre de paciencia infinita) a base de sinsabores, esperas y decepciones, por el cual el propietario entiende que ha de servir otra ronda y que esa ronda corre a cargo del Extranjero: he ahí el bautismo tan largamente esperado, confirmado en la aceptación del billete de diez y, sobre todo, cuando el camarero, además de las copas, añade una tapa. Nunca: nunca será uno considerado miembro de pleno derecho en una comunidad agrícola a menos trabaje la tierra durante más años de los que pueda contar; dado que eso ya no es posible, sólo nos quedan estas argucias civiles, estas añagazas casi infantiles que tantas veces pusieron a prueba la paciencia del camarero o la tolerancia de su parroquia; pero he ahí el fruto de nuestro esfuerzo: cuatro copas de Cigales, una tapa de lomo encebollado, un billete que desaparece en los faldones del oficiante.

Comparece en el texto Patrick Leigh Fermor (hay aquí mucho de Un tiempo para callar), un viajero de los de antes y parece que a José Antonio le mueve igual espíritu, así sus textos están preñados de erudición y solaz para el lector.

Un vivir que rehúye todo exceso, para entregarse al recogimiento, el estudio, la lectura, a la escritura, a la contemplación, a la caminata, a la soledad aceptada y a ratos redimida en el bar, merced a su paisanaje.

El texto son las reflexiones de un biólogo sin título, preñadas de filosofía y sentido común; notas eruditas, sazonadas con el aliño de la historia, la etnografía, la sociología, la mitología. Pero en resumen, literatura pura y dura, sin aspavientos ni complacencias.

Le basta al autor con alzar la mirada, perderla en el firmamento y volver al papel con semejante acarreo.

pocos minutos que salgo al jardín, ya entrados en completas, he de estar atento a tantas constelaciones de significado como se me ofrecen. Los pequeños dramas órficos del jardín se trasforman por la noche en fastuosas escenas cosmogónicas. El grupo de Orión asciende por el este hasta la cumbre de los chopos y luego descansa sobre el tejado. Así es como el Cazador Celeste bendice nuestra casa. Luego de rezar, allí, de pie, o sentado ridículamente en el viejo armazón de una bicicleta mientras termino los ejercicios del día, veo las luces de la dehesa de los Santos, donde está la granja Muedra, uno de esos poblados agrícolas construidos por la Ilustración sobre los restos de viejos santuarios vacceos, quizá, que en sus mejores días, no tan lejanos, tuvo una población de colonos que asistían los domingos a su propia capilla, disponían de cinematógrafo, de viviendas higiénicas, biblioteca, patios de juego pa- ra los críos, teatro… y que ahora viste con gracia su ruina arquitectónica mientras invisibles operarios riegan los sembrados con gigantescos aspersores móviles. El aire que viene de la granja, empero

Ay, la importancia que tienen las ventanas cuando queremos aprehender el mundo. Así lo certifica un libro de lectura reciente: La ventana inolvidable.

Este libro de José Antonio, con Gárgoris y Habidis, de otro autor que también ha encontrado su estar en el mundo en un apartado pueblo soriano han sido (o están siendo, porque el de Dragó lo leo a pequeñas dosis) dos de mis mejores lecturas de este año que concluye.

La liturgia es aquí una obligación para consigo mismo.

El libro lo edita primorosamente KRK.

Muy bueno.

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La Pasión de Rafael Alconétar (Mario Martín Gijón)

Escribo con el corazón palpitante, fresca la emoción. Acabo la novelaberinto de Marío Martín Gijón agotado. Novela imposible de leer de un tirón, sino a tirones, a trancas y barrancas (el autor despacha unas cuantas páginas en distintos idiomas: catalán, italiano, alemán, francés, portugués- Gracias a Dios, o a google lens, que uno pueda sortear estos trances). Después de unas cuantas lecturas, las que he llevado a cabo estos últimos quince años, la novela de Mario me parece una cumbre. Vaya eso por delante.

Pienso en la escritura y los malabares del lenguaje como en un ejercicio acrobático, circense, también puro contorsionismo (hay un sinfín de id(e)as de olla), un caminar sobre la cuerda floja, mirando a los ojos el vacío que también te mira a ti, y pienso en lo difícil que es definir o retra(c)tar a alguien, el lenguaje ofreciendo la resistencia y persistencia de la resaca, que lejos de la orilla y de conducir la narración a buen puerto, la sitúa en alta mar, a medida que los acólitos, amantes, amigos o detractores de Rafael, nos hablan del muerto o el desaparecido, esto no se sabrá hasta el instante final, hasta los últimos estertores de la novela, y diez años después de su muerte/desaparición, una de sus amantes y alumnas de un taller literario por él impartido, trata de esclarecer los hechos y toca reconstruir la memoria con la perspectiva que da el paso y el peso y el poso del tiempo. No es tanto la extensión de la novela, casi 750 páginas, porque he leído novelas más extensas sin el menor esfuerzo, sino el uso y disfrute que el mayúsculo autor MARIO MARTIN (A)G(U)IJÓN, hace del lenguaje lo que la hace especial, Una novela trabajada al máximo que exige igual dedicación al lector que se deje perder en este dédalo. No olvidemos que una novela es una suma, aquí adicción de palabras, como si Joyce se hubiera zampado a Bayal y Mario se hubiera tomado como algo personal, a lo largo y ancho de casi una década (lo que ha durado la gestación), el agotar o acogotar el lenguaje en su novelaberinto, explo(r/t)ando todas las posibilidades que el lenguaje ofrece y merece, y así a aquellos que gozamos lo que sí está escrito con los juegos de palabras e innúmeras muestras de ingenio que Mariofrece, la lectura te sume y consume, al constatar que la narración no avanza, porque me dirán (pueden poner un comentario) cómo se avanza en la definición de una persona, cuando cada opinión hace de contrapeso de la anterior o directamente la contradice. Las páginas o pajinas (algunas están hechas para correrse: para que sintamos cómo nuestras mentes son folladas una y otra vez, en un gangbang bestial) son un disfrute por la cantidad de matices que ofrecen, porque cada cual da su parecer sobre Rafael (inasible, inaprensible, inmarcesible. Para unos un maestro, para otros un depravado, para otros un escritor sin parangón, para ellas un amante bandido, para otros un falsario) en un tono elevado, tocados por las musas y por una verbosidad subyugante, al tiempo que se arremete contra ciertos usos y costumbres muy arraigados en la docencia, tanto bachicerril (Leo: Tú no sabes lo embrutecedora que es la labor de un profe de secundaria. Docencia que parece que lejos de sacar al exterior lo mejor de cada alumno para que germine, consiste en ahormar, uniformar, constreñir a los alumnos hasta esterilizar su imaginación) como universitaria o en la crítica literaria, incapaz de juzgar (para denostar) aquello que queda fuera de las luces de posición de sus alcances. Reflexiones interesantes, como esta acerca de la fama: La fama te excluye de ti mismo, te entrega en hipoteca a tu público.
Más gesta que gesto, persisto alumbrado y deslumbrado. Sigo las cuitas o coitos del Maestro y sus discópulas, atento a los hi-meneos de cad-eras y sig(i)los. Leo que Rafael creía en la polinización de la literatura. Y sí, es porosa en sus esporas y la lectura cala y cuela. Esta novelaberinto es un porqué, este porqué una razón, esta razón nuestra infaustina Pasión: la de Alcón-eta-r, pájaro de altos vuelos y atmósferas imposibles, terrorista de lo establecido, sus jerarquías, atavíos y servilumbres que calientan la sopa boba de estómagos agradecidos.
Rafael es un espectro. Un fantasma enmascarado. Un lienzo en blanco, en el que cada uno irá marcando un punto o chorreando sobre él, ora la hiel, ora la miel, ora el menstruo, ora pro bilis. ¿El resultado?
El éxtasis del lenguaje. ¿Muerto por sobredosis? No.

Leo: Regresar a esa época olvidada en la que vivíamos sin lenguaje. ¿Sin lenguaje?, ¿Después de haber leído casi 200.000 palabras?. Me quedo sin habla, luego escribo.

Leo: Los buenos libros, como la vida, solo tienen un defecto, pero imperdonable: que terminan.

Cierto.

Imaginen que Odiseo regresa a casa y Penélope quitándose (o poniéndose) las gafas progresivas le pregunta ¿eres tú? Sí, soy yo, qué pasa, responde él, preguntando, ¿Y qué tal la odisea (en minúscula, porque diez años tricotando se pasan volando)?, vuelve a requerir Penélope. Bien, replica Odiseo con gesto de fastidio, mirada torva y sin entrar a mayores.

Una reseña, ante un libro como el presente (sí, es un regalo para cualquier lector@), da para eso: para una sola palabra: Léanlo. (si/sí ( /,) son capaces)

La novela la edita (y de qué manera) KRK.

De la sidra, de su fabricación y de sus defectos, seguido de unas cuantas reflexiones nuevas al respecto

De la sidra, de su fabricación y de sus defectos, seguido de unas cuantas reflexiones nuevas al respecto (Luis Rodríguez)

De la sidra, de su fabricación y de sus defectos, seguido de unas cuantas reflexiones nuevas al respecto.
KRK Ediciones
2021
220 páginas

Chateaubriend y Flaubert. Leí las 2753 páginas de Memorias de Ultratumba en la traducción de José Ramón Monreal para Acantilado (manuscritas 3514). Reparo ahora en que, el mismo año, leí seguidas 3700 páginas escritas Flaubert (toda su obra, excepto el teatro y las cartas no traducidas) y más de 2500 entre biografías y estudios sobre él. Es curioso, pienso, yo, que rara vez leo libros de más de 300 páginas, he leído casi seguido este mar de páginas de dos autores nacidos con poco más de 50 años de diferencia, que vivieron a menos de 300 quilómetros de distancia, y escribieron en el mismo idioma (que ignoro). Casualidad, coincidencia, afinidad, aquí, apenas le arañan los tobillos al hecho.

Párrafo que extraigo de la novela Mira que eres. Después del maratón flaubertiano parece lógico el querer ensayar algo sobre lo tanto leído. Una destilación. Compartir el entusiasmo.

El autor, Luis Rodríguez, desea que la lectura de su ensayo (sus últimas novelas 8:38 y Mira que eres, también tendían hacía lo ensayistico) anime, incluso logre atizar el deseo de leer la señora Bovary de Gustave Flaubert y si eres escritor, las Cartas a Louise Colet. A tal fin entresaca continuos párrafos, tanto de la novela como de las Cartas.

En mi caso ya había caído sobre ambos libros anteriormente, pero creo que como afirma Flaubert son dos libros, de esa media docena, que deben formar parte de cualquier biblioteca, de cara a ser consultados casi a diario.

Lo que queda muy claro es lo que supone la escritura para Flaubert, su anhelo por hacer visible su estilo, el empeño en trabajar cada palabra, frase y párrafo, hoja a hoja. Además, en el caso de Madame Bovary, en lugar de parirse a sí mismo, o practicar la autofagia, decide crear algo nuevo, ajeno a él, fruto de su pensamiento, al margen de sus vivencias, algo cerebral e impersonal.

La gestación de Madame Bovary le trae por el camino de la amargura. Escribir es tan pesado como acarrear mármoles. Luego al leer lo escrito vienen las correcciones, la poda, la observancia de las redundancias, los malditos «que», a fin de darle a la obra ritmo, de tal manera que sus frases puedan ser leídas en voz alta sin que se resienta lo escrito. Flaubert disfruta y se tortura escribiendo, y apearse de la obra clausurada vemos que le traerá más quebraderos de cabeza, pues con la Moralidad habremos topado.

En el ensayo, muy ameno, se reparten los elogios y los denuestos. A favor: Henry James, Nabokov, Valéry o Maupassant. En contra Julien Gracq. Otras opiniones son vertidas por fuentes en las que el autor muestra su tono pessoano (por los heterónimos) más proteico.

El tiempo le ha dado la razón, mejor, la gloria, a Flaubert. Su Madame Bovary es un clásico y las Cartas a Colet fuente de inspiración para escritores. Un buen espejo en el que mirarse. El ideal a alcanzar.

Escribe Flaubert:

¿Sabes que sería una buena idea la de un individuo que hasta los cincuenta no hubiera publicado nada y un buen día aparecieran de golpe sus obras completas y se limitara a eso…?

El libro, editado por KrK -editorial que alumbró la primera y la segunda novela de Luis, La soledad del cometa (a los 51 años) y novienvre-, es una preciosidad. Se acompaña con fotografías a color de Flaubert y Louis Bouilhet.

Luis Rodríguez en Devaneos

La soledad del cometa
novienvre
La herida se mueve
El retablo de no
8:38
Mira que eres