Archivo de la categoría: Literatura del duelo

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No he salido de mi noche (Annie Ernaux)

Recientemente he leído algunos libros cuya sustancia narrativa es el alzheimer. Primero La presencia pura de Bobin. Muy recomendable. Luego Manual de pérdidas de Javier Sachez. Muy interesante. Podríamos coger la novela de Sachez y en su término final coger con el dedo pulgar e índice y hacer un zoom (como si estuviéramos sobre la pantalla de un móvil) sobre la relación de Abdón y su hija Virginia. Aquí cambiaríamos al padre, por una madre, la de la autora. Ernaux (autora de Memoria de chica), recuerda a su madre y no lo hace en los términos en que lo hace por ejemplo Peixoto o Javier Gomá, cuando evocan a sus padres muertos. Ernaux aborda los dos últimos años de su madre, enferma de alzheimer. Ahí se concentra la degradación corporal y mental, el olor a orina, los excrementos olvidados en una cómoda, un masticar de papeles, una decrepitud que es un volver a la infancia (volver a ser lavada, peinada, las uñas recortadas…), pero con olor a mierda, a carne arrumbada y fláccida. Ernaux lidia con esa situación como puede. Ve ese devenir, ese derrumbamiento, sin poder oponer nada. Quiere a su madre viva, aunque cada día sea un zarpazo sobre una existencia menguante. El relato, a modo de diario, es triste, deprimente, sórdido, punzante. Radica ahí el valor de este testimonio. Donde otros emplean la literatura para edulcorar, para preservar en el ámbar de las letras los buenos recuerdos, Ernaux, se confiesa, y emplea la pluma a modo de cilicio. Es fácil reconocerse en lo que Ernaux piensa y tiene el valor de escribir, cuando aquellos que amamos están tan mal que deseamos verlos morir, tanto, como verlos vivir. Una disyuntiva que es una PUTADA en mayúsculas.

Cabaret Voltaire. 2017. 129 páginas. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez.

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Perla (Frédéric Brun)

Si ayer comentaba el libro de José Luís Peixoto, quien dedicaba su particular homenaje a su padre muerto en Te me moriste, Frédéric Brun (París, 1960) hace lo propio con Perla, su madre. Perla sobrevivió al campo de concentración de Birkenau y su hijo la recuerda después de su muerte, haciéndose un montón de preguntas sobre el paso de su madre por el mismo, muchas sin respuesta, sin llegar a entender cómo los nazis fueron capaces de aunar su gusto por la cultura con el exterminio a sus manos de millones de seres humanos que a sus ojos no eran otra cosa que, como recoge Daša en Trieste, una «carga«. No descubre Brun nada nuevo, pues sus preguntas ya se las han hecho muchos otros antes y durante todo este tiempo. De hecho el autor, sin buscar ninguna originalidad, recurre a las palabras recogidas en otros libros de Levi, de Semprún, quienes intentaron aportar en sus escritos algo de luz con sus testimonios, y como dice uno de los supervivientes, pasadas ya tantas décadas, víctimas del extrañamiento, pensar en aquello y calificar lo vivido como una «realidad inverosímil«.

Brun concibe su libro como un puente hacia su madre, un ir hacia ella y al mismo tiempo la posibilidad de evocarla, de recordarla, de aproximarse a su pasado, a su dolor, dado que en vida de ella, el silencio hizo de cortafuegos del pasado y quedaron muchas preguntas sin hacer. Una madre construida a retazos.

Como quiera Brun que su libro no sea triste, el recuerdo de la madre muerta se combinará con la llegada al mundo de su hijo, lo cual siempre es motivo de alegría y esperanza y el nacimiento a su vez de esa angustia que experimenta todo padre ante la posibilidad de morir y dejar a sus hijos truncados.

Editorial Comares. 2017. 104 páginas

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Te me moriste (José Luís Peixoto)

Si leyendo Saturno de Eduardo Halfon podríamos decir: te acompaño en el resentimiento, ante esta breve obra de Peixoto (publicada en Portugal en 2001, y anteriormente en 2005 en España en La Gaveta, colección de narrativa breve de la Editora regional de Extremadura) diremos lo contrario: te acompaño en el sentimiento. Un texto que funciona como una confesión. Peixoto pierde a su padre tras una enfermedad y ya huérfano, se siente solo. Extraña a su padre, mucho. Recuerda los momentos pasados juntos, de niño y de adulto. Su padre, como un Rey Sol, no despótico, sino todo lo contrario. Un sol que le calienta y conforta. Ese sol que creemos va a seguir saliendo siempre, hasta que un día ya no sale. Enfermedad, hospitales, tratamientos… Eclipse. Fundido a negro. Su dolor es el propio del duelo, de la ausencia, de la habitación vacía, de la voz ya apagada. Leí a Peixoto ante un té bien colmado porque sabía que debía ir bien hidratado. El dolor de Peixoto es compartido, porque todos arrostramos los zarpazos que nos da el vacío en el que nos dejan aquellos que quisimos y que ya no están entre nosotros.

Minúscula. 2017. 64 páginas. Traducción de Antonio Sáez Delgado.

José Luís Peixoto | Galveias

Francisco Umbral

Mortal y rosa (Francisco Umbral)

Se escribe desde el agradecimiento o desde el rencor

Andrés Neuman

Pensaba poner aquí algunos párrafos -ir espigando el texto- que de una manera u otra me han tocado la fibra, que han acariciado o incluso rastrillado mi alma, pero seguramente hacer esto sería tanto como deshojar el libro, rest(reg)arle su belleza, mermarlo, e incluso ultrajarlo, cuando precisamente este libro de Umbral es -entre un sinfín de cosas más- magma, torrente, herida abierta, habitación con vistas y oreada, semilla y fruto, faro y subsuelo, leche materna y café frío, manantial de ojos para el lector, caligrafía indómita que no admite, ni necesita, el cerco de una reseña.

Puedo hablar del argumento, decir que es una mezcla de muchas cosas: poesía, prosa, ensayo, autobiografía, diario, suma de sentencias y máximas. Puedo decir esto y más cosas, hablar de una prosa inflamada y preci(o)sa de un lirismo arrebatador, de palabras que te elevan, mecen y anegan; un decir, que es tanto como no decir nada.

Como el torero que recibe al toro que puede matarlo a puerta gayola, o el niño que en la playa espera anhelante, sobre la arena, la llegada de los caballos de mar espumosos, así el lector, yo, me enfrento a estas páginas -sin prejuicios, ni censuras, ni rémoras audiovisuales- y dejo que la prosa de Umbral me traspase. Pero no, no me traspasa, sino que me amasa, porque veo entrar en mí las palabras y ahí quedan entonces, haciendo su trabajo, fluyendo por el cuerpo, hacia el cerebro y hacia el corazón, desatando la madeja de los sentimientos, de los recuerdos, de las emociones, porque en ese momento, el estilo -que es estilete- del autor, su verdad, ya ha tomado posesión de mí y entonces solo resta “dejarse llevar” –y sí, suena demasiado bien- y dejarse zarandear, arrastrar, y ser títere emocionado, vibrátil, tremolante y acompañar en nuestro leer al autor en su despojamiento y su desnudez, en su búsqueda de la inocencia primera e infantil, ante la oportunidad que la llegada de un niño –centro del cielo y de la tierra– brinda al adulto, la ocasión de recuperar la propia infancia,“Él es el trozo que me faltaba de mi vida«, que es aquí un renacimiento trágico, «Un niño enfermo es un blasfemia que profiere la vida«, una luz hospitalaria blanca y postrera, que le hacen al autor decir cosas como esta. «En la cripta que es un niño sólo se entra por la celosía de su risa«. Umbral sabe, sufre, se duele, se quiere anónimo, aunque se sabe famoso y popular y tras perder a su hijo se abandona a la vida, en el rodeo que es vivir sin esperanza.

Hablamos de cimas narrativas. Esta lo es, pero más bien es una sima, por lo que tiene de descenso, de inmersión, de llegar a zonas donde no se hace pie.

Dejo el libro en la estantería del salón, con pesar y con alivio, entre los diálogos de Platón y un tocho de Nietzsche y sé que Umbral se tomaría su ubicación con filosofía.