Archivo de la categoría: Poesía

Recaya (Adriana Bañares)

Recaya (Adriana Bañares)

Adriana Bañares (Logroño, 1988)
Editorial Páramo
108 páginas
2019

¿Qué es Recaya? Quizás suma de palabras y fotografías instantáneas: ramajes, raíces, alambradas, suelos, troncos, terrones, firmes, firmamentos. La poeta solo tiene un arma: la poesía, varias balas: los poemas intitulados y la necesidad de contarse y conocerse.
El poema es confesión y concisión, precisión y cadencia, la música triste, en apariencia, la queja de la niña, hija de un Papá bebé, con una ausencia demasiado presente entre las manos vacías, y como la vida avanza y se apura, la hija recibe el amor, abriendo la tierra, llamándola hogar y será madre, y ahora el miedo será doble, porque al miedo que sentimos a que nos hagan daño, cargaremos también con el miedo a exponer a nuestros hijos a la crueldad de los niños, el miedo a no poder enfrentar la sensibilidad y la curiosidad de nuestros hijos, el miedo a no poder enseñarles a ser buenos, el miedo… y los pies se afincan ¿dónde? ¿Hay espacio fuera del círculo que se ha cerrado, cuando se es extraña en su propia tierra?

A veces, una presencia silenciosa es acogida en el papel, a Ella, que escribiría todas las noches, papel convertido en pájaro en un vuelo cargado de palabras, dejando al lector sumido en el silencio gozoso, contemplándolo con el mismo arrobo que mostraría hacia una estrella fugaz.

Muy bueno.

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Libro de las negaciones (Javier del Prado Biezma)

Libro de las negaciones
Javier del Prado Biezma
Chamán Ediciones
2021
134 páginas

Hubiera deseado buscar el marco propicio, allá frente a las Islas Cíes, pero sea que me veía por las proximidades de Reinosa, caminando hacia Fontibre, ya frente a las palabras de Catón el Viejo:

«fluvium Hiberum; is oritur ex Cantabris, magnus atque pulcher, pisculentus/ el río Ebro nace donde los cántabros: grande y hermoso, abundante en peces».

El nacimiento del Ebro

Peces había, sí, y el fulgor de los rayos vestía el agua de un color verdeazulado. Las mesas de madera en la orilla del estanque estaban libres de excursionistas y fue que allí me entregué a la lectura de los bellos poemas de Javier del Prado Biezma (Toledo, 1940).

En ellos hay una presencia notoria del mar, de su correspondiente aéreo, en manos del testigo que observa y bien provisto de palabras –venero inagotable de metáforas– y sentimiento, desgrana para el lector aquello que ve. Con destreza y suma facilidad:

Cuando a mí la retórica me brota de la yema de los
dedos,
sangre pura,
con solo clavarme los furtivos alfileres de los poros de las cosas.

Cuesta poco ver (sentir) el mar y el cielo, sentir su armonía y ritmo, empaparse del olor fermentido del pescado descompuesto, experimentar el gozo al ver faros convertidos en luciérnagas, el cosquilleo de ese deseo patente que insemina la lectura en su capacidad de evocación y sublimación; todo es objeto de deseo: el mar, la playa, pueden ser vagina, nalgas, para nuestro disfrute porque las negaciones supone aquí dar un manotazo a lo indeseado para afirmar y dejarse vencer por la llamada de las cosas, arrimarlas a nuestras caricias e intenciones, a la proximidad y la emergencia por decir (aquí las palabras se tocan, huelen, ven y escuchan), en el lenguaje subyugante de la poesía, que siempre es la forma más bella de decir y expresar, y a veces, como aquí, la encuentra (la belleza), disuelta así la angustia del poeta en el poema y el lector complacido, disuelto también en el texto, pescando con el lapicero palabras, frases que quiere atesorar para coser a su yo, porque el único milagro de la vida/ era el poder que tiene/ la carne iluminada para acabar en verbo

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Bajo la alfombra (Ángeles Mora)

Unas cuantas horas de lectura y relecturas gozosas me ha brindado este poemario de Ángeles Mora (Rute, 1952) que lleva el título de Bajo la alfombra.

Poemario dividido en tres partes; De poética, Para seguir viviendo y una tercera parte desdoblada en otras dos, Caminos de vuelta y Luz que no llega.

La lectura es el recorrido del itinerario vital de la autora. La niñez en tiempos de escasez que enseñan que la esperanza es esa mentira zigzagueante que sabe a vino y almendras…; el acicate del deseo, a los trece años, el agua ardiente de la vida; la consumación de ese deseo En el fondo angosto/ de la gruta escondida/ se enciende al fin/ la luz que dormía/ esperando/ quien la alzara; la ruleta rusa de los celos, El pulso agazapado/ de lo que, al fin, vives conmigo/ pero sin mí.; la necesidad del otro, esa sed, algo tan inasible como la plata de la luna en el agua; Del amor a la compañía mutua y por tanto al amor, Nunca estuvimos solos/ tú y yo. No sé si eso es amor.

Y alrededor o dentro de nosotros, el silencio, la certeza de que El tiempo/ pasa y lo he perdido. Cada amanecer, cada nuevo despertar es una oferta envenenada, El despertar de nuevo / el horizonte aprieta una vez más/ sus dientes rojos sobre nuestros deseos.

Luego, vivir (Vivir/ tiene un rumor de fondo/ sordo como el silencio), es decir, ir recolectando pérdidas, ausencias, amueblando la soledad, también construir tus propias ruinas, Quiero solo/ dejar palabras de mi cuerpo/ en la memoria./ Pero no puedo. y a pesar de todo prohibirle el paso a la nostalgia.

Al concluir el poemario llega la savia nueva, la vida ajena a borbotones y entonces todo cambia.

Me parece que aprendo de nuevo/ lo que tus ojos me preguntan./ Cuando ya no pensaba hablar/ los necesito. /Ellos saben decirme lo que yo no me dije/ cuando los miro.

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Fuegos (Ismael Ramos)

Publicado en gallego en 2017 bajo el título Lumes en la editorial Apiario, La Bella Varsovia lo edita en 2019 en castellano con traducción del propio autor, Ismael Ramos (Mazaricos, 1994).

Un libro puede llegar a nuestras manos de la forma más inesperada. Dando una vuelta por la biblioteca de Reinosa, en la mesa de las novedades y frente a tantísimo libro fue este de Ismael el que acabó en préstamo en mis manos.

Hablamos de un poemario de 60 páginas que he leído dos veces. La segunda en voz alta, porque estos poemas creo que así lo exigen y se aprecia entonces mejor su cadencia y musicalidad, su capacidad para fluir, para resbalar y también para afianzarse en la carne del lector cual anzuelo. Lectura que me ha generado una profunda sensación de melancolía desde su comienzo con Nacerá una polilla en tu cabeza. Un sanatorio sirve tanto para morir como para sanar, pero al protagonista del poema lo salvará la escritura.

Poemas que se construyen sobre la genealogía familiar, nada surge aquí de la nada pues todo está conectado, así todas las generaciones unidas por una misma sangre (aunque desemboque en agua), los hijos como cicatrices de sus padres, padres que se construyen dentro de los hijos, padres que piden a sus hijos que se peguen un tiro, un abuelo con miedo a la muerte, cuidado por su mujer de manos impolutas, hermanas que sienten la vida en el dolor de la primera regla, madres desfallecidas, y entierros y velatorios, la vida anticipando la muerte, el saber que se muere cada segundo que pasa, desear con violencia la felicidad ajena de los seres queridos y siempre el recuerdo, la infancia convertida en disciplina, siempre la ávida memoria, las mismas manos que acarician y matan, y todo cristalizado en una fotografía inexistente, retablo familiar con los padres, los hijos, la herida de un amor que no nos salva.