Archivo de la categoría: Relatos

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El Yaciyatere (Horacio Quiroga)

Tenía ganas de leer algo de Horacio Quiroga y encontré por casa un libro suyo de relatos, este de El Yaciyatere, de los que regalaban comprando el diario El Sol. La edición es chusca así que leer y nadar en erratas es todo uno. El libro lo componen relatos bastante breves. En ellos la naturaleza se muestra hostil, pero no letal. Ya sean unos vientos horrorosos como El Simún que da título a un relato, las altas o bajas temperaturas o las crecidas del río que no hacen más que complicar la vida de los que viven a los márgenes de los mismos o en poblaciones tropicales como las de los relatos. Me resulta curiosa la manera que tiene Quiroga de narrar, porque en casi todos los relatos hay una voz que narra y su historia se ve desplazada por otras historias que le son referidas al narrador, pasando a ser estas las historias que más peso tendrán luego.
Queda bien plasmado ese ambiente natural, acechante, exuberante y asfixiante que Quiroga también conocía pues frecuentó y habitó la selva, si bien, tampoco les veo a los relatos mucha chispa, mucho recorrido, y si bien la prosa no se hace pesada, el resultado tampoco me parece nada reseñable. Había leído que Quiroga tenía a Poe por maestro, pero en estos relatos no he sentido nada especial, terrorífico, ni significativo en su lectura. Será cuestión de dar con el libro preciso. Este creo que no ha sido la mejor manera de principiarme en el universo quiroguiano.

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Nuestra historia (Pedro Ugarte)

Diez relatos conforman Nuestra Historia por el que Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) recibió el XIV Premio Setenil 2017. Premio literario que siempre suscita mi curiosidad, tal que hasta el momento he ido leyendo algunos de los libros premiados en ediciones anteriores: Alberto Méndez (Los girasoles ciegos), Fernando Clemot (Estancos del Chiado), Emilio Gavilanes (Historia secreta del mundo) y Daniel Sánchez Aguilar (Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino).

Estos jugosos relatos beben de lo cotidiano, de lo actual, así el primer relato, Días de mala suerte, nos habla de la crisis, de las ejecuciones hipotecarias, de los encajes de bolillos que debe hacer un pareja con dos críos pequeños para llegar a final de mes, lo cual hace que -paradójicamente- esa austeridad autoimpuesta se convierta en algo saludable para todos los miembros de la familia, que despojados de tanta morralla tecnológica, de tanta extraescolar sinsentido, pasen más tiempos juntos dedicados a actividades que no cuestan un euro pero que les satisfacen igual o más que otras que conllevan un desembolso y que las más de las veces no acarrean retorno emocional alguno. Hay ahí cierta moralina que no me acaba de convencer del todo.

Hoy que muchos de los regalos recibidos son vendidos, por indeseados, acto seguido, en webs como Wallapop, Ebay o similares, el segundo relato, Verónica y los dones plantea el modo en el que algo tan trivial como unos regalos pueden hacer mella en una pareja, cuando él siempre yerra con lo que regala, mientras que ella siempre acierta de pleno, siempre atina con los deseos de los regalados, dándoles aquello que quieren aunque no lo hayan manifestado de forma explícita, merced a su agudo sentido de la observación o a algún don oculto, a saber. Un regalo, un presente, vemos que puede devenir en un no futuro, o en un futuro distinto, ya enlodado, contaminado por el virus del orgullo parejil, por no conseguir estar a la altura.

En Vida de mi padre, me gusta comprobar cómo los padres siempre quieren lo mejor para los hijos y magnifican sus hazañas, intempestivas, al margen del correr del tiempo, una hazaña lingüistica, que siempre volverá en las reuniones familiares, pues ese niño de antaño, y sus proezas, a ojos de su progenitor nunca crecerá, petrificado en aquellos recuerdos de antaño.

En La muerte del servicio tenemos un reencuentro de tres amigos y un título que se explica la final. Sin que el desarrollo me diga nada, hay cierta atmósfera de melancolía, de vinilos que suena trayendo el pasado de vuelta, que acaba cuajando.

Enanos en el jardín, me recuerda el relato Formentera, de Paco Inclán, donde de nuevo una isla les sirve a una pareja, una vez los hijos ubicados en un campamento, disfrutar de una semana insular para ellos dos solos, para ir en busca del tiempo perdido, sustraídos a las obligaciones familiares y las responsabilidades, tiempo vacacional para tirarse a la bartola y quien sabe si a alguien más.

Mi amigo Böhm-Bawerk me parece inverosímil, pero a pesar de todo mantiene cierta coherencia `postrera que resulta hilarante.

El hombre del cartapacio me ha parecido el relato más flojo con diferencia. Muy extenso y con muy poca chicha.

En Para no ser cobarde, me las prometía muy felices viendo por ahí Ayabarrena, una aldea de mi tierra, próxima a Ezcaray, que al final es tan sólo un decorado, no sabemos si propicio o no para que un escritor pueda cumplir su objetivo de sacar adelante su novela. En estos casos siempre me viene en mente el poema de Bukowski, Aire, luz, tiempo y espacio.

Voy a hacer una llamada explica el proceder de estos facilitadores que vemos a menudo en los telediarios calentando las sillas en los juzgados frente a un juez. Gente dada a hacer favores a transformar el mundo con unas cuantas llamadas, removiendo hilos, quitando a unos para poner a otros, pues aunque no lo parezca, al final, esto es un juego de suma cero.

En Opiniones sobre la felicidad asistimos a la posibilidad o más bien imposibilidad de romper con los lazos filiales, de acabar radicalmente con todo lo que no gusta de una madre, de un hermano. Relato donde un niño de corta edad actúa de puente entre dos hermanos enemistados, enfangados en un odio recíproco, pues al final todos vienen de lo mismo, corren caminos distintos pero corren el riesgo de acabar los dos hermanos en la yunta arando su desdicha compartida, atávica, genética.

Páginas de espuma. 2016. 168 páginas.

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Goethe se muere (Thomas Bernhard)

Tenía sincio de Thomas Bernhard, así que nada mejor que quitarme la gusa echando mano de algún libro suyo. Tiempo llevaba queriendo leer Goethe se muere que reúne cuatro relatos que ofrecen más de lo mismo, pues no hay muchas novedades para aquel que conozca al detalle la obra de Bernhard y haya leído al menos sus relatos autobiográficos, pues sus invectivas contra su familia y contra Austria no son nuevas.

El relato más original, por quedar fuera de esa vorágine de abyección, vileza y aniquilación a la que Bernhard nos subsume, se me antoja el relato que principia el libro Goethe se muere, título que destripa el relato. Goethe se muere y antes de palmarla quiere tener a su vera a Wittgenstein. Un encuentro que no llegará a materializarse. Goethe murió el 22 de marzo de 1832, Wittgenstein el 29 de abril 1951. Bernhard juega pues con distintos planos temporales. Vemos como Goethe vive no sabemos si abrumado o henchido como un pavo real, por el peso de su fama, de su grandeza, la cual disfrutaría en vida, no a toro pasado – recibiendo sacas llenas de cartas de sus admiradores que van a la chimenea y le permiten calentarse por la cara-, como les ha sucedido a la mayoría de los artistas, sean escritores, pintores, o escultores, que como Cervantes malvivieron en vida y los dedos rosados de la Fortuna no llegó nunca a acariciarlos, sino más bien el hocico de la miseria. Vemos la competencia con Schiller, aquel que podía haber plantado cara a Goethe, el cual murió el 9 de mayo de 1805, bastante antes que Goethe y mucho más joven. Además de llevarnos a pensar sobre cómo sería la relación entre dos monstruos como Goethe y Wittgenstein en el caso de que hubieran podido verse finalmente las caras –el relato propone que ambos son coetáneos-, más interesante me resulta el final, pues a menudo esas frases que corren de siglo en siglo hasta hoy en día, como ese “Más luz”, con el que parece que Goethe se fue de este mundo, pudo no ser así, y cambiando simplemente una letra por otra de una misma palabra, una aliteración genial, por otra parte, podemos pasar de la luz a la nada sin despeinarnos.

El segundo relato, Montaigne, es donde más reconozco a Bernhard. El que haya leído los Relatos autobiográficos del austriaco ya sabe el fervor que este sentía por el ensayista francés. El relato es como ir espigando momentos de esa autobiografía con el lenguaje marca de la casa, donde un niño, se ve aniquilado, ultrajado, por sus padres, a quienes detesta y aborrece, padres que desde pequeño lo machacan con sus órdenes, sus directrices, sus mentiras, su hipocresía y lo más doloroso: su empeño en que el Bernhard niño no pise la biblioteca, que no se contamine éste con los libros, con los de filosofía en concreto. Sabemos que una prohibición actúa en el cerebro de un niño como un imperativo, no para no hacer, sino para hacer. Así que el niño, lee y descubre la literatura, descubre la filosofía, descubre el amor por el saber, descubre a Montaigne, descubre sus ensayos, sus tentativas vitales y pasa entonces a ser Montaigne su brújula y toda su familia, una familia que nada tiene que ver con la suya, aquella que tanto detesta y aborrece.

En Reencuentro, Bernhard sigue en la misma línea que el relato anterior y aquí la queja es dual. La que manifiestan dos jóvenes que se ven las caritas pasadas dos décadas, para quienes sus casas -opinión compartida-, fueron cárceles, prisiones, campos de exterminio, La Casa de los Muertos, en donde van a ser aniquilados a no ser que cojan las de Villadiego lo más pronto posible. De fondo las montañas, odiosas por supuesto, tanto como las excursiones familiares a la montaña, dos al año y los cuadros paternos sobre la montaña, y la cítara, la trompeta, el piolet, la vestimenta roja en la montaña, buscando la tranquilidad en la montaña y sembrando en sus hijos la intranquilidad, en la montaña. Un día a día que viene a ser para Bernhard un ochomil sin agua, alimento, ni bombona de oxígeno, ante una madre severa, dura, indiferente y pegadora y un padre duro, despiadado, severo e impertérrito que deja hacer, deja atizar a su carnal. Cabe cuestionarse en qué consiste la educación, pues en el caso de Bernhard convertirse en un réplica de su padre, le asquea, pues su anhelo es precisamente ser radicalmente diferente a su padre, perderlos de vista, al padre y a la madre y no dejarse seducir pasados/posados los años, por los cantos de sirena de un sentimentalismo falso y mendaz como en el caso de su interlocutor, el cual afirma ya al final no recordar nada, quizás como otra forma de romper los lazos, el lastre de la infancia, nada arcádica para esta pareja de amigos, ahora adultos.

En Ardía, Bernhard pone voz a un fulano que está vagando por el mundo desde hace cuatro meses y al tiempo que viaja echa pestes de la Iglesia aniquiladora del Buen Dios. A la gente no se le puede ayudar, dice. Así que pasa del mundo y se retira dentro de sí mismo, al tiempo que nos dice algo que ya sabemos porque lo hemos leído en otros libros suyos, a saber, que Austria es aborrecible, el país más odioso y ridículo. Algo parecido, pero más suave dirá de Noruega, de los noruegos, de Oslo, de su mala comida de su gusto artístico execrable…

Bernhard en estado puro.

Cuando tenga de nuevo mono de Bernhard seguiré con Hormigón, o con cualquier otro. Sobre la marcha.

Alianza. 2012. 120 páginas. Miguel Saénz.

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Corrección
El malogrado
Tala
Relatos autobiográficos:
El origen
El sotano
El aliento
El frío
Un niño

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Réplica (Miguel Serrano Larraz)

Réplica reúne doce relatos de Miguel Serrano Larraz (Autopsia), algunos ya publicados anteriormente en revistas o volúmenes colectivos. La portada, con las Resonancias de Warhol, nos recordará a otro, Órbita, libro de relatos de Larraz anterior a este. Los relatos que conforman este libro son heteróclitos y como en botica encontraremos de todo.

Las historias pendulean entre el ámbito doméstico, familiar, filial: relaciones entre tía y sobrino, en Oxitocina, en donde los adultos tienen una ocasión de mirar el mundo de nuevo con otra mirada, de volver a su infancia, de jugar con el destino con unos peluches intercambiables; Hermanos unidos en su mal fario, conectados por algo indescifrable, como los de In media Res; relaciones entre padres e hijos, con sus secretos, esos que dan forma a las familias, padres a quienes luego llorar cuando estos falten, como el padre radiactivo de La tabla periódica; la familia convertida en un escudo contra la intemperie, aunque no siempre balsámica como vemos en La frontera. Relatos como Un tiempo muerto que nos llevan a la niñez, al colegio, a las canchas de fútbol y baloncesto, donde un triple puede significarlo todo, donde la mirada del entrenador puede significarlo todo: desprecio, desinterés o absoluta confianza.
En El Payaso Larraz reflexiona sobre su trabajo, en un relato metaliterario donde queda claro que entre lo que el autor plasma en un papel y lo que el lector leer y saca en claro del mismo, a menudo media un abismo, o una falla bajo los pies que es muy posible que acabe devorándolo. Aquí se da la circunstancia que lo que a él le hace mucha gracia a los demás les da la flojera y les afloja el lagrimal, aunque todos sabemos que de la sonrisa a las lágrimas la distancia es mínima.
Relatos como Logos, Azrael o Central me han gustado poco. El que más he disfrutado, es el que da título al libro, Réplica, que también es el más extenso. Sobre una situación absurda pero posible, que es que al narrador lo confunden desde que acabara la adolescencia con cantantes (Bunbury, Michael Bolton, Kenny G…) o actores (Santiago Segura) o incluso con pintores (Durero), Larraz nos brinda un viaje al pasado, a su juventud, a finales de los noventa, donde se explaya con la figura de Bunbury, maño como él, ex cantante de Los héroes del silencio (era leer el relato y sonarme en la cabeza La sirena varada una y otra vez), y nos pone en el brete de que alguien nos alabe, se nos ofrezca sexualmente, nos diga que le hemos salvado la vida o trate de canearnos, al confundirnos con algún famoso. Me gusta su final, la imposición de esa manera de no estar y la manera en la que aquel que nos acompaña y sostiene actúa a su vez como una memoria externa, la cual nos permitirá revisitarnos y acudir a la película de nuestra vida, seducidos por esa voz en off, que ya no es la nuestra, sino la de nuestro carnal.

Candaya. 2017. 192 páginas.