
No conocía este pueblo, San Juan de Luz, del que había oído hablar maravillas y he quedado encantado. Por el paseo marítimo se ven casas como estas. A las que se accede por esa especia de puentes. Por debajo pasado la mitad del paseo, no hay asfalto. Las playas son largas y anchas, y se ve que es una zona turística por excelencia.


Nos costó más de media hora encontrar aparcamiento porque estaba hasta la bandera. El azar quiso que acabáramos comiendo en La Florentine, (31, Rue Sopite) un restaurante italiano, donde curiosamente no hablaban italiano (si bien es cierto que no hablamos con Paul Romanetti, que con el apellido debe ser de la península itálica) pero donde di cuenta del mejor tiramisú que quien suscribe se ha comido nunca.
