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Nada importa (Agota Kristof)

En este conjunto de relatos cortos Agota Kristof (Csikvand, 1935) presenta un edificio que va a ser demolido. Cada relato es una carga explosiva en los cimientos. Todo lo que nos refiere Agota es trágico: muerte, cáncer, soledad, locura, venganza, hastío, incomunicación, desamor, desamparo, desencuentro, desempleo…
Tuve un hijo dice uno de los personajes. ¿Murió?, le pregunta el otro. No, creció.
Así son los relatos de Agota, todos ellos son fúnebres, tétricos, funestos, desesperanzados.
A lo lejos, seremos testigos de la voladura del yo, que es la de todos ellos. Pasto de una realidad implacable e inclemente.

El Aleph Editores. 2008. 102 páginas. Traducción de Julieta Carmona Lombardo.

Lev Tólstoi

Confesión (Lev Tolstói)

Lev Tolstói
Acantilado
2008
Traducción de Marta Rebón
148 páginas

Lev Tolstói (1828-1910) convertido en una gloria nacional de las letras rusas entra en barrena.

Superados los cincuenta, Lev reniega de su fama, de su gloria, de sus riquezas, dado que se siente vacío. Cree que no tiene nada que enseñar a nadie y que su escritura es pólvora mojada.

Necesita encontrar un sentido a su vida o hay muchas posibilidades de que cualquier día se vuele la tapa de los sesos o se ahorque.

La vida que lleva -a pesar de sus riquezas materiales y espirituales (su esposa, sus hijos)- no le llena; todo le resulta frívolo, impostado; digamos que la vida que lleva es como ver una película, todo falso, cuando Lev lo que quiere, lo que necesita -pues le va la vida en ello- es llegar al meollo de la vida, al hueso y no arañar la piel. A tal fin Lev se embosca en múltiples lecturas -con el fin de saber por qué estamos aquí, de qué va todo esto-: Kant, Sócrates, Schopenhauer, Salomón, Buda... que no le aclaran, ni le solucionan nada, pues ni le dan la fuerza necesaria para suicidarse, ni tranquilizan su conciencia burguesa de tal modo que le arrojasen en el regazo de las corrientes epicúreas.

Al final Lev llega a la conclusión de que hay que despojarse del conocimiento y aprender del pueblo, tal que si éste cree en Dios y ahí encuentra el vulgo un sentido ahí está entonces la verdad que él está buscando y entonces sofocando sus pasiones y dominando el cuerpo será virtuoso y encontrará la paz, amamantado por la fe -su única esperanza de salvación-. La encontró ya que tras estos devaneos existenciales (y mucho circunloquio, a ratos plomizo) sufridos a los cincuenta, Lev, viviría hasta los 82.

Lo publica Acantilado con traducción de Marta Rebón.

No sé si a vosotros os pasa, pero cuando llega el otoño -iba a apostillar, y con él el frío, pero de momento no- me gusta leer novelas de escritores rusos. Recientemente leí La gaviota de Chéjov, ahora ha sido esta Confesión de Tolstói. Estoy leyendo también La isla de Sajalín; luego continuaré con Los demonios, con En vísperas de Turguénev y muy posiblemente otra vez con Tolstói y sus Diarios y Correspondencia. Si tenéis alguna sugerencia, más allá de los clásicos que todos conocemos, me gustaría oírlas.

Capri

Capri (Alberto Savinio)

Alberto Savinio
Minúscula
2008
87 páginas
Posfacio de Raffaele La Capria
Traducción de Francesc Miravitlles

Parece ser que estas páginas que escribió Alberto Savinio (1891-1952), pseudónimo de Andrea de Chirico, las encontraron entre sus papeles después de su muerte, y ha sido un feliz descubrimiento. Savinio visitó la isla de Capri en 1926. Poco o nada tiene que ver esta Capri numinística, con la Capri actual.

Tuve ocasión hace un par de años de visitar la isla de Capri, y apenas encontraremos rastro de lo que leemos en este fabuloso deambular de Savinio. Ahora el comercio y el turismo de masas han dejado la isla reducida a un souvenir (a pesar de lo cual la isla sigue siendo una preciosidad como se puede apreciar en estas fotos), a la que llegan riadas de turistas casi todos los días del año, ya sean en ferrys o en trasatlánticos, para ser arrojados en el puerto, dejarlos pulular por la isla, comer y comprar algo, y retornar al vientre de esas ballenas metálicas, pocas horas después.

En el posfacio de este libro editado por Minúscula, con traducción de Francesc Miravitlles, Raffaele La Capria, habla de páginas musicales, leves, aladas. Tal cual. Cuando uno está inserto en el mundo clásico como lo estaba Savinio, a menudo, a la hora de ver, la mirada resulta artificiosa, pomposa, hiperbólica. Savinio logra transmitir poesía, sin resultar cargante, describiendo una isla que hace casi un siglo sí que podía mantener esa aureola mítica.

María Belmonte ya hablaba de este libro de Savinio en su estupendo Peregrinos de la belleza, donde aparecía Axel Munthe -al que se refiere Raffaele y de quién dice que su visión de la isla era demasiado inverosímil- médico que escribiría la archiconocida La historia de San Michele, de quien Savinio dijo en sus paseos por Capri que era una mezcla entre mezquita, iglesia protestante y tumba noble.

En su deambular Savinio camina por calles angostas, se empapa de luz, recorre caminos que llegan a un mar cristalino, atraviesa senderos feraces, profusos en vides, olivos y limoneros, visita casas cuyos suelos cubiertos de mosaicos emulan a las casas Pompeyanas, se encarama en lo alto de las cimas y allí colecciona lubricanes, evoca el pasado de la codiciada isla, alcanza la Grotta Azzurra y !voilá!, poco después Savinio deja la isla a bordo de una barca, y la estela que caligrafía en el agua es el recuerdo, la estela de una lectura luminosa e interesante, donde Savinio puso su magnífica prosa al servicio de sus ojos y la combinación es un deleite para los sentidos.

Enrique Vila-Matas

El viento ligero en Parma (Enrique Vila-Matas)

Enrique Vila-Matas
Sexto Piso
2008
215 páginas

Leer a Enrique Vila-Matas es alimentar mi sed de leer. En momentos como el presente, en el que no estoy leyendo nada, lo leído en esta colección de ensayos, me animará a acercarme a autores como Perec, Sterne, Gombrowicz, Andrei Biely, Ionesco, Sergio Pitol, a seguir abundando en Bolaño, Bioy Casares, Beckett o Tabucchi, o incluso a dar otra oportunidad a Ray Loriga y su novela El hombre que inventó Manhattan.

Siempre pienso que el mejor plan para el fomento de la lectura es Vila-Matas, pues sus artículos se nutren de sentencias, máximas, citas de otros escritores, de múltiples referencias a otros libros leídos, de microrreseñas, en los que da su parecer sobre libros tales como La conciencia de Svevo, Los detectives salvajes, o Viaje al fondo de la noche, entre otros, abriendo por tanto al lector una miríada de senderos por los que puede tirar en su leer.

Me gusta de Vila-Matas su actitud hacia la literatura; donde otros no muestran más que odio y desdén, Vila-Matas muestra su cariño, su aprecio, su devoción, su necesidad de una actividad que como para muchos otros, es su razón de ser, de estar aquí, esos para los que escribir es su vida y a los que les va la vida en ello, con todo lo que conlleva.

El libro recoge ensayos y conferencias que ha ido dando Vila-Matas y la única objeción que puedo poner es que ciertas cosas que dice el autor se repiten, quizás de manera intencionada, como si esa reiteración obrase como un subrayado. Es esta una objeción menor, porque el libro es pródigo en hallazgos, en momentos luminosos, donde Vila-Matas, y este es el gran valor del libro, quintaesencia lo mucho que ha (bien) leído, para entroncarlo con su vida de escritor (donde nos desvelará por ejemplo por qué motivo quiso ser escritor y como el viajar, ese desprenderse de países como decía Pessoa sea un abrir horizontes que nos conduce a una mayor tolerancia, una mayor disposición a la alteridad), y ofrecer, como leo varias veces, un tapiz que se dispara en muchas direcciones.

Algo que me ha gustado especialmente es lo que dice Vila-Matas de Roberto Bolaño, de su tesón, de su constancia noctívaga al escribir; esas ganas de machacarse escribiendo cuando sabía que la muerte acechaba, y que lo único que podía ofrecer a la Nada, eran sus textos. Y como Bolaño, una vez muerto, le obliga, como una sombra al acecho, a escribir bien, a escribir mejor y a exigirse más (algo clave en cualquier profesión, aunque en el mundo de la escritura, tiene uno la sensación de que a menor exigencia con el lector (por lo común poco exigente) mayor número de lectores, como si cada texto que Vila-Matas escribiera fuera fiscalizado por Bolaño y fuera esta una deuda postmortem contraída con su amigo, porque escribir, nos dice EVM es escribir bien. Vila-Matas para mí lo hace y me anima a leer sus libros y los de todos aquellos que lo han construido, pues pienso que todos nosotros no dejamos de ser otra cosa que palimpsestos de carne y hueso; poso y sumidero de todo lo leído.

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