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Experiencia y probreza. Walter Benjamin en Ibiza

Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza (Vicente Valero)

Los que hemos leído la estupenda novela Los extraños sabemos lo bien que escribe el poeta, novelista y ensayista ibicenco Vicente Valero (Ibiza, 1963). En Experiencia y pobreza Valero recoge el paso del escritor y filósofo alemán por la isla de Ibiza en dos ocasiones, en 1932 y en 1933.
Como hacía Valero en El arte de la fuga con otras figuras como San Juan de la Cruz, Hölderlin o Pessoa, aquí reconstruye a modo de semblanza cómo fueron esos meses que Walter Benjamin pasó en Ibiza, isla mediterránea a la que llegaría por casualidad, al aceptar la invitación que un día le hiciera en una calle de Berlín Felix Noeggerath.
Benjamin atravesaba entonces una crisis personal tras su separación y llegar a la remota y desconocida isla de Ibiza sería una experiencia balsámica y cauterizadora (me recuerda a lo que vivió Alex Munthe en su estancia en Capri). Allí, a pesar de no tener apenas recursos, que le daban lo justo para pagar una habitación y las tres comidas diarias, se embelesa con el paisaje virgen, la contemplación del mar, el clima benigno -un mundo arcaico, ancestral, primigenio que lo subyuga-, y pasa las semanas despreocupado, dándose un baño en el mar al despertar, luego otro baño de sol y ocupando el resto del tiempo en leer y escribir. Su obra Libro de los Pasajes ya estaba en marcha desde 1927 y escribía entonces Infancia en Berlín. Obtenía ingresos con las reseñas de libros que publicaba en la prensa alemana y con colaboraciones radiofónicas, aunque su situación económica empeorará al llegar Hitler al poder, y por su condición de judío pasará de ser un viajero a un exiliado o un fugitivo, como le sucede al final de sus días.

A través de sus diarios y de las cartas que escribe Benjamin, vemos su día a día en la isla, los contactos que irá haciendo -su relación con Walther Spelbink, Jean Selz, Felix Noeggerath, Verspohl, Jokish, su infructuosa relación amorosa con Toet ten Cate…-su mezclarse con los lugareños, su ansia por escuchar sus relatos, por entender sus costumbres, una suerte de topografía física y humana que pasmaría en sus Discursos interrumpidos I; lo provechosos que le resultan sus caminatas por la isla (modelo para otros andariegos como Walser), lo mucho que le gustan la arquitectura local y esos porxos (las funcionales y sencillas casas ibicencas), la manera en que ese mundo arcaico en el que está inserto y que tanto disfruta va dejando paso irremediablemente al progreso, con la construcción del primer hotel en San Antonio de la mano de José Rosselló, ya que a pesar de que Benjamin se adecúa bien a su día a día austero (el miserable le apodan los del lugar) donde no cuenta en su vivienda ni con luz eléctrica ni con agua corriente, algunos ya ven que el turismo puede ser una fuente de ingresos que proporcionaría a la isla el progreso económico y social que necesita, como tendrá ocasión de comprobar Benjamin a su regreso en 1933 donde hay muchos más turistas que la primera vez, sobre todo alemanes y americanos, se han construido muchas casas, el precio de los alquileres va al alza, y no consigue la serenidad y placidez de su primera vez.

Casualmente Benjamin está allá cuando Franco visita la isla en mayo 1933 como Comandante Militar de Baleares y pasa por delante suyo. Una guerra civil española que marcaría en parte el trágico destino de Benjamin, dado que en 1940 tras haber dejado ya Benjamin Ibiza, recalar en París y hacer varias visitas a Bertol Brecht en Skovsbostrand (Dinamarca), quiere entrar en España cruzando los Pirineos siguiendo la ruta Lister y en el puesto fronterizo de Portbou le impiden el paso, al no tener el visado de salida del gobierno francés. Ante la perspectiva de ir a parar a un campo de concentración en Francia la noche del 26 de septiembre de 1940 decide quitarse la vida con unas píldoras de morfina.

Recorrer la vida de Benjamin y esos años capitales y convulsos comprendidos entre 1932 y 1940 de la mano de Vicente Valero me ha resultado una experiencia muy gozosa. No solo porque Valero sea ibicenco y conozca de primera mano de lo que habla (Valero se ha encargado también de la correspondencia ibicenca de Benjamin en Cartas de la época de Ibiza), sino porque su prosa, al igual que me sucedió cuando leí Los extraños me ha seducido de tal manera que al igual que a Benjamin su primera estancia en Ibiza su lectura me reconforta y alimenta.

El libro lo publicó en 2001 la editorial Península. Periférica lo reeditó en 2017 y desconozco si difiere en algo del anterior, porque no se hace ninguna mención al mismo.

Walter Benjamin en Devaneos | La tarea del crítico

Vidas a la intemperie

Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino (Marc Badal)

Cuando seas mayor busca un trabajo donde no te mojes, le decía a Manuel Rivas su madre cuando éste era pequeño. Podemos distinguir dos oficios: aquellos en los que te mojas y en los que no. O las vidas de aquellos que transcurren a la intemperie y las que lo hacen a buen recaudo.

Marc Badal en este ameno ensayo que invita a la reflexión, editado por Pepitas de calabaza y cambalache afronta las vidas a la intemperie del campesinado y afirma que si hoy preguntamos por la calle a la gente por los acontecimientos más significativos del siglo XX, nadie mencionará la desaparición del campesinado.

Ese podría ser el punto de partida de este ensayo, el poner cara al campesinado, ya casi extinto. Para ello Marc recurre a buen número de citas de escritores, filósofos, etnógrafos, historiadores que han ido dando forma a la idea de campesinado que ha quedado grabado en nuestro imaginario colectivo. Personas catalogadas, entre otros muchos términos despetivos como palurdos, catetos, cotillas, egoístas, zoquetes, insolidarios… y como afirmaba George Sand «Nada hay más pobre y triste en el mundo que este campesino, que no sabe hacer otra cosa que rezar, cantar y trabajar, y que nunca piensa«.

Tratar de definir al campesinado hoy, o a través de la historia parece una cuestión imposible. Podemos hacer igual que cuando clasificamos a las personas como burguesas o proletarias y sacamos de ahí unas características generales. Me pregunto qué tiene que ver un agricultor iraní con uno del baztán, o dentro de un mismo país, un agricultor catalán con uno andaluz. Dentro de cada comunidad autónoma también hay diferencias sociales, económicas, culturales que afectarían a su vez al campesinado e incluso dentro de un mismo pueblo por pequeño que fuese, unos tendrían cuatro ovejas y otro tendría una explotación agrícola. Hablar por tanto grosso modo de campesinado es hacer un ejercicio de abstracción imposible.
Marc lo sabe y por tanto apunta hacia cuestiones históricas objetivas, centrado parte del libro en el campesinado ruso de Aleksandr Vasílievich Chayánov, que podría ser Víktor Pávlovich Shtrum, el personaje de la portentosa novela de Vasili Grossman Vida y destino, y el devenir de dicho campesinado ante el afianzamiento de un capitalismo en las sociedades occidentales que lo acabaría arrollando. Una vida rural que como afirma Adolfo García Martínez en Alabanza de aldea «es dura porque se ha desprestigiado, porque el trabajo del agricultor y el ganadero están mal pagados y porque no tienen compensaciones por la labor de conservación del patrimonio cultural y natural«.

Hoy el pueblo, lo rural, el campo, dice Marc que es entendido por los urbanitas como un decorado, que esto se ve bien en aquello que se denomina turismo rural, el cual transforma el paisaje pero no al turista. Esto que dice Marc lo comparto. Pernocté en un camping asturiano en el que encontré en la globosfera algunos comentarios negativos del mismo, porque «olía a mierda de vaca«. El camping estaba próximo a una pequeña explotación ganadera, pero este olor se entendía como algo negativo, lógico, cuando uno quiere encontrar en el campo lo mismo que en la ciudad, con mejores vistas y sin nada que afecte a su olfato o vista.
De igual manera muchos de los peregrinos del camino de Santiago leía el otro día que a la hora de elegir un albergue se decantan por el que tiene wifi. Esa desconexión, la búsqueda interior y ensimismamiento que parece que debe acompañar al peregrino en su caminar, no siempre es tal, pues hay quien le falta tiempo para llegar al albergue y compartir en cualquier red social, su caminar diario, compartiendo así su solitaria experiencia, alimentada de selfies.

La naturaleza como comenta Marc siempre ha sido objeto de la literatura ya sea a través de la oda bucólica pastoril, donde el campo no pasaba de ser un decorado arcádico, o bien con algo más de profundidad, como tuve ocasión de comprobar recientemente con la lectura de Las Geórgicas de Virgilio, donde el poeta latino además de loar la naturaleza, agradecía con sus poesías, en estas «campesinadas«, a los agricultores y ganaderos que permitían al resto de los ciudadanos disfrutar del vino, del aceite de oliva, del pan, de las frutas, legumbres y verduras que se les ofrecían a diario como viandas. Esto era posible porque había alguien que se encarga de ello, si bien estos campesinos casi siempre pasaban desapercibidos, hasta extinguirse sin hacer ruido.
Sin irnos tan atrás en el tiempo, otros escritores contemporáneos como Abel Hernández en El canto del cuco. Llanto por un pueblo y jóvenes como Hasier Larretxea, también nos sitúan a través de la prosa o la poesía en plena naturaleza, como he tenido ocasión de comprobar leyendo meridianos de tierra, donde la escritura sirve para reconocer y sacar lustre a la vida rural y a sus gentes, donde el campo ya no es un decorado, sino un continente lleno de contenido y de significado.

Habla Marc aquí de etnocidio y podemos sumar esto a su consecuencia, la demotanasia de la que hablaba Paco Cerdà, en Los últimos, voces la Laponia española, dando testimonio de esa España rural que se vacía a marchas forzadas y sin remisión.

La vuelta al campo, a pesar de que haya quien la ha hecho como Badal, que leo que vive por ahí en un caserío escondido del pirineo navarro, u otros casos como los que recogía Cerdà, parece que son una muy pequeña minoría, porque creo que hemos superado un punto de no retorno. En El disputado voto del señor Cayo de Delibes, ambientada en las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, unos políticos en busca de votos iban a un pueblo y allá descubrían a un aldeano, aparentemente tosco, inculto, lento, si bien al poco comprobaban estos jóvenes que aquel anciano era testimonio vivo de una cultura ancestral, de una sabiduría que no estaba en los libros, fruto de un empirismo enriquecido a lo largo de muchas décadas de existencia. Para estos jóvenes aquello suponía un descubrimiento, un fogonazo, pero pasajero, sin efectos prácticos, porque el veneno de la ciudad ya iba impreso en su ADN. Y de esto hace ya 40 años, así que hoy en día…

Pepitas de calabaza & cambalache. 2017. 216 páginas.

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El museo imaginario (André Malraux)

La misma curiosidad y expectación que siento cuando visito un museo he experimentado leyendo este ensayo de André Malraux (1901-1976) publicado en 1947, que llevaba queriendo leer hace años y que afortunadamente reeditó Cátedra a finales del año pasado.
El libro de apenas 200 páginas lo conforman textos y muchas fotos. Su lectura es un recorrido por la historia del arte, a través de la pintura, la escultura, las miniaturas, las vidrieras, los tapices, los retablos…de cualquier parte del planeta, donde podremos apreciar las distintas corrientes y estilos, y permitirnos comparar y apreciar toda esta evolución artística con el correr de los siglos, en un diálogo continuo entre pasado y presente, y entre la poesía y la pintura, pues como afirmaba Leonardo Da Vinci, la pintura es un poesía que se ve.

Somos todavía más sensibles a la fluidez del pasado porque hemos aprendido que todo gran arte, por el solo hecho de ser creado, modifica a sus predecesores.

El arte como un ente vivo y en continuo cambio:

La metamorfosis no es un accidente: es la vida misma de la obra de arte.

El libro está muy bien editado y la calidad de las fotografías que recogen los cuadros, las esculturas, los tapices es muy notable, lo que convierte en un deleite estético trajinar con un libro como el presente disfrutando de obras como el Descendimiento de Erill-la-Vall, Nuestra Señora de la Bella Vidriera de Chartres, el cuadro El puente japonés de Monet, El regreso del hijo pródigo de Rembrandt, La danza de la princesa Chandraprabha, el mosaico Dionisos montado en una pantera

La reproducción fotográfica, como medio empleado para difundir el arte de manera universal, le permite a éste salir de las iglesias, de los palacios, de los domicilios particulares y ser disfrutados por un mayor número de gente, al tiempo que la fotografía se convierte en otro arte distinto, que permite fijar o aislar una parte del cuadro, convirtiéndolo en otra obra distinta. A su vez, el recoger en un álbum fotografías de distintas obras de arte, da lugar a otra obra nueva, pues al final la mirada del observador es la que crea la obra de arte.

Este libro de Malraux, como cualquier otro clásico, creo que requiere múltiples lecturas, precisa como el comer de un índice onomástico, y adolece en mi opinión de ser demasiado sintético, además la sintaxis que maneja Malraux a ratos me resulta difícil de seguir -sin que menoscabe letalmente mi interés ni lo sugerente de la propuesta-, lo cual creo que viene muy condicionado por mis rudimentarios conocimientos del arte, si bien esta lectura alimenta mi sed de saber y de conocer, al disponer ante nosotros un sinfín de pintores, escultores, o corrientes artísticas que anhelo descubrir o redescubrir, ayudados si queremos en nuestra búsqueda por los entornos virtuales, que como el Museo del Prado, por ejemplo, nos permite acceder a más de 3000 cuadros a golpe de click.

Recomiendo una vez finalizado este libro consultar el Diccionario de las artes de Félix de Azúa y su entrada Catálogo, dado que según nos cuenta existe una íntima convicción de los artistas, de la crítica, de los aficionados, según la cual lo perdurable y eficaz es el catálogo, más que la obra.

Cátedra. 2017. 204 páginas. Traducción de María Condor.

El pie de la letra

El pie de la letra (Jaime Gil de Biedma)

Las 667 páginas de El pie de la letra, que comprenden el conjunto de ensayos completos de Jaime Gil de Biedma (1929-1900), me han resultado por encima de cualquier otra consideración un poderoso homenaje a la literatura, a aquellos escritores que la hacen posible y que son objeto de admiración y veneración por parte de Jaime, pues lo que aquí se evidencia es que nada nace Ex nihilo y que en el caso de Jaime hay unos autores predilectos, como Jorge Guillén, cuyo magisterio será la piedra sobre la que Jaime construirá su obra poética, pues la lectura deviene un ejercicio de apropiación, de leer aquello que le servirá a su objetivo poético. Hacia otros escritores como Pedro Salinas Jaime manifiesta una devoción tanto literaria como humana, pues experimenta hacia él un vivo afecto y siente el deseo de entrar en su intimidad o de Ferrater afirma que es el lector más inteligente que haya conocido en su vida. Con otros como Luis Cernuda al cual también reivindica no llegó a conocerlo en persona y fue la suya una relación epistolar entre 1959 y 1963. Jaime manifiesta a su vez su agradecimiento hacia Alberto Jiménez Fraud siempre generoso, siempre hospitalario en todas las visitas que Jaime le hizo en Wellington Place.

En la semblanza de Jaime Gil de Biedma que aparece en el Examen de ingenios de Bonald éste se refiere a Biedma -quien fue su amigo- como una persona inteligente y sensible, algo que podemos validar leyendo estos ensayos publicados en Lumen, anotados y prologados estupendamente (no he detectado una sola errata y las notas aclarativas son muy valiosas) por Andreu Jaume, nos permiten conocer de primera mano el buen hacer crítico de Biedma. Basta leer el estudio pormenorizado que hace del Cántico de Guillén, para comprobarlo. Vale mucho hacer la prueba y leer primero el Cántico y releerlo después de haber leído el ensayo de Biedma y comprobar cómo leemos ahora bajo otra luz, con un sentir más afilado y una mirada enriquecida. Como afirmaba Auden en El arte de leer, no se reconoce casi nunca la tarea de los estudiosos, aquellos que con su empeño y esfuerzo logran sacar del olvido aquellas obras y aquellos escritores y darles la importancia de los que son acreedores. Así, Biedma reivindica por ejemplo a Pedro Luis Ugalde a Juan Gil-Albert, o incluso en otro orden de cosas defiende que el catalán ofrece un medio mucho más idóneo que el castellano para la traducción de poesía inglesa. Y lo ilustra en el ensayo dedicado a los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot.

Hay un sinfín de cosas que aparecen en el texto que me han gustado y quiero compartir con vosotros, en el caso de que haya alguien ahí afuera escuchando.

La crítica literaria no es sino una variedad del arte de escribir y el efecto estético es tan principal en ella como en cualquier otro género de literatura.

El acto de la lectura es también un acto creador.

La actividad poética es una actividad formal, pero nunca es pura y simple voluntad de forma.
La poesía no aspira a otra cosa que a lograr la unificación de la sensibilidad.

Hacer buenos poemas no es fácil, pero algunos lo consiguen; hacerlos y no engañarse con ellos, ni engañar al lector, sólo lo consiguen poquísimos.

Sus poemas empiezan a ser buenos cuando logran formalizar, evaporar la realidad contingente de la experiencia común que intentaban expresar, es decir: cuando empiezan a dejar de ser lo que pretendían.

El buen lector es, por definición, parte interesada: leemos porque nos importa lo que leemos, porque oscuramente pensamos utilizar nuestra lectura para mejor hacernos cargo de lo que nos ocurre.

He aquí un problema que casi todo artista debe plantearse apenas rebasada la primera madurez: la necesidad, y la dificultad, de ir más allá del propio estilo, cuyas inevitables limitaciones empieza a tocar.

La censura, al impedir la clara expresión escrita de las ideas, acaba por herir de muerte la clara formulación mental de las mismas.

En el recuerdo de aquellas lecturas de La pagoda de cristal creo que se fundan sobre todo tres sólidas convicciones mías. La primera, que para leer bien y para guardar la fe en la literatura no hay, a cualquier edad, nada como tener pocos libros que leer a nuestro alcance. La segunda, que los niños leen exactamente para lo mismo que las personas mayores: para intentar comprender la vida, imaginándola, y para consolarse de ella. La tercera, que para leer Moby Dick, el Quijote o cualquier otro gran libro que los mayores a veces imponían a los niños, en ediciones más o menos expurgadas, tenemos por delante toda la existencia, mientras que para leer apasionadamente La pagoda de cristal, Los tigres de Mompracem o El coyote, o cualquier otra historia de aventuras que los niños leen ahora, solo disponemos de poquísimos años. Quien los desperdicie, se habrá privado de la única profunda aventura de lector que a esa edad puede tener, y que sólo puede tener a esa edad; su experiencia literaria y su experiencia de la vida quedarán para siempre incompletas.

El mito es también, y sobre todo, una tentativa de comprensión de la vida y una consolación de ella.

Para que resulte fecundo, el clasicismo en nuestra época ha de contentarse con ser una aspiración, y no una escuela.

La literatura es una especie de formulación de la vida, no sólo del literato que escribe, sino toda persona que vive en función de la verbalización de todas sus experiencias. (Carlos Barral)

El tomar lo que en un poema se dice como una proposición genérica, válida en cualquier situación, es típica de los españoles, porque los españoles son gente del Antiguo Régimen, gente que realmente no ha vivido una revolución romántica, gente arcaica; somos gente tridantina, y todo lo tomamos como si lo dijese el padre Vitoria.

El mundo ficcional de Chéjov es de una humanidad literaria que, por la cordialidad y la complejidad de las emociones con que nos mueve, suscita muchas veces el recuerdo de Cervantes.

Decía T. S. Eliot que un lugar se hace real no describiéndolo, sino porque sucede algo en él.

Lo importante en el hombre es quién va a ser a partir de los cuarenta años. (Juan Gil-Albert)

El héroe propio de la literatura moderna es la persona privada, a diferencia de lo que sucedía en la Antigüedad, en que lo era siempre la persona pública. (W. H. Auden)

Dos fundamentales cualidades que le constituyen en un crítico excelente: buen sentido y formación filosófica. Su pensamiento manifiesta una coherencia interior envidiable. (Gil de Biedma sobre Joan Ferraté)

La poesía me parece una tentativa, entre otras muchas, por hacer nuestra vida un poco más inteligible, un poco más humana.

Hay dos maneras de construir una novela, ir añadiendo todo lo que en ella no sobre o ir quitando todo lo que en ella no sea indispensable.

El escritor -y ésa es su limitación trágica- sólo descubre, sólo conoce la realidad cuando empieza a imaginarla, pero, por otra parte, ese conocimiento de la realidad, ese descubrimiento de la realidad, que sólo se da en el momento de empezar a imaginarla, a fabularla, es absolutamente inútil más allá de los límites de la propia literatura.

Comenta Andreu en el prólogo que Ignacio Echevarría lo puso en la pista de este libro de Jaime Gil de Biedma (parte de los Ensayos ya se habían publicado anteriormente y Echevarría publicó una reseña de la segunda edición en El País). Algo que me permite tener ahora un libro en las manos como el presente (que lo es para el espíritu, en su tercera acepción). Es una evidencia que en nuestro camino lector unas lecturas nos llevan a otras, unos autores a otros, unas corrientes a otras, un siglo a otro, en suma: un deleite a otro, cuando lo leído nos interesa y apasiona, como es el caso y Biedma con estos fascinantes, apasionantes y apasionados ensayos, además de -entre otras muchas cosas- brindarme la oportunidad de leer, y comprender la poesía de otra manera sitúa en mi mente a unos cuantos autores y libros en los que quiero demorarme, reconociendo el magisterio de autores a los que abordar o retomar, a saber: Góngora, Espronceda, Garcilaso, Valéry, Becquer, Coleridge, Wordsworth, Guillén, Aleixandre, Shakespeare, Eliot, Baudelaire, Rimbaud y un muy largo etcétera.