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Schopenhauer, Nietzsche, Freud (Thomas Mann)

Encontré este libro de Thomas Mann al lado de un contenedor, junto a La náusea de Sartre. Estuvo unos cuantos meses esperando pacientemente en la estantería hasta que hace cuatro días me puse con él. Los ensayos de Mann me interesan. Aquí Mann pone el foco en tres figuras relevantes: Freud, Nietzsche y Schopenhauer. Por sus apellidos los conoceréis. Esto lo aprendimos en el colegio.

El ensayo más extenso es el dedicado a Schopenhauer, el discípulo de Kant y Platón. Un texto por el que recibió 750 dólares. No pensemos hallarnos ante un panegírico al uso, porque Mann había leído con gozo, día y noche en libro fundamental de Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación y el ensayo además de exprimir el texto de 1400 páginas al máximo, alienta también a querer leerlo, al tiempo que Mann ejerce su espíritu crítico.

El auténtico tema de una recapitulación y consideración en el día de hoy de la imagen schopenhaueriana del mundo, el motivo que lleva a evocar en recuerdos su figura espiritual ante una generación que ya sabe poco de él, es la relación entre pesimismo y humanismo: es el deseo de transmitir a un mundo actual, cuyo sentir humanista se halla en una grave crisis, la vivencia de la peculiar asociación que melancolía y orgullo humano realizaron en esta filosofía. El pesimismo de Schopenhauer es su humanismo. Su explicación del mundo a partir de la voluntad, su concepción de la prepotencia de los instintos y la degradación de la en otro tiempo divina razón, del espíritu, del intelecto, a la categoría de mero instrumento destinado a asegurar la vida, es anticlásica y, en su esencia, antihumanista. Pero justo en la coloración pesimista de su doctrina; justo en el hecho de que ésta le condujese a la negación del mundo y al ideal de la ascética; justo en el hecho de que este escritor grande y experto en sufrimientos que escribía la prosa de la gran época de nuestra cultura humanista, colocase al hombre fuera de lo biológico y de la naturaleza y lo situase por encima de ellos, y convirtiese a su alma sensitiva y cognoscente en escenario de la conversión de la voluntad. y viese en el hombre al posible salvador de todas las criaturas: justo en eso reside su humanismo, su espiritualidad.

De Nietzsche, Mann incide en su faceta musical para luego establecer la relación entre Schopenhauer y Nietzsche, filósofo esencial para Mann, que cuando escribe su ensayo sobre Nietzsche ya ha visto los efectos del nazismo y el fascismo, para afirmar lo siguiente:

nos demuestra que su superhombre no es otra cosa que la idealización del Führer fascista, y que él mismo, Nietzsche, ha sido con toda su filosofía un precursor, un concreador y un inspirador de ideas del fascismo europeo, del fascismo universal. Entretanto yo me inclino a invertir aquí la causa y el efecto y a no creer que Nietzsche ha hecho al fascismo, sino que el fascismo lo ha hecho a él. Quiero decir lo siguiente: Nietzsche era en el fondo un hombre que estaba lejos de la política, un hombre inocentemente espiritual; pero en cuanto sensibilísimo instrumento de expresión y de registro, ha percibido de antemano, con su filosofema del poder, el imperialismo ascendente y ha anunciado, como una aguja trémula y vibrátil, la época fascista de Occidente, en la cual estamos viviendo y en la cual seguiremos viviendo largo tiempo, a pesar de la victoria militar sobre el fascismo.

Los ensayos sobre Freud son más flojos. El propio Freud es consciente de ello cuando lee el ensayo, presuntamente a él dedicado y que lleva por título El puesto de Freud
en la historia del espíritu moderno
. Da la impresión de que Mann estaba escribiendo un ensayo sobre el romanticismo cuando tuvo que escribir otro sobre Freud y lo metió con calzador.

Antes de abandonar la librería en donde acabé la lectura de estos ensayos y dándome un paseo por la misma, constaté que el espacio dedicado a la filosofía y la religión (la foto inferior) era claramente inferior al destinado la psicología (foto superior). Cañete vence a Séneca por goleada. Resulta evidente que es más difícil y trabajoso cambiar de vida (y leer ciertos libros) que tomarse una pastilla para tener una erección, perder peso o dormir.

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La grazia

La grazia (Paolo Sorrentino)

La grazia (el indulto) supone un dilema moral para el protagonista de la última película de Paolo Sorrentino, el presidente de la República Italiana, Mariano de Santis (brillantemente interpretado por Toni Servillo, cuyo gesto severo y concentrado me trae en mientes el Titta Di Girolamo de Le conseguenze dell´amore), reconocido jurista. Apodado «Cemento armato» se define a sí mismo como aburrido y gris y en los seis meses que le quedan como presidente tendrá sobre la mesa diversos asuntos espinosos: dos indultos y una ley sobre la eutanasia (si no la firmo seré un torturador, si la firmo seré un asesino, dice de Santis). Puede De Santis dejar correr el tiempo y no actuar, o bien tomar decisiones. El subtítulo de la película es la belleza de la duda. Y lo que Sorrentino ofrece al espectador son muchos dilemas, preguntas, dudas y también algunas respuestas motivadas, porque De Santis se verá finalmente obligado a decidir. Asimismo se irán operando cambios en su interior, aunque hablaría más de un desvelamiento de su ser que de una transformación (patente al sustraerse De Santis a la diaria dieta estricta y comerse una pizza, o rapear cuando nadie cree verlo; pequeñas acciones, en suma, con las que irá abandonando la vía estrecha de los rituales y las convenciones). Además De Santis tendrá la ocasión de comprobar el efecto que las leyes ejercen sobre las personas, cuando visite a un reo (sujeto del indulto) en la cárcel. Y también reflexionar acerca de la eutanasia cuando tenga ante sí un caballo moribundo.

En una conversación que De Santis mantiene con el Santo Padre, este último le dice que el pasado es un peso y el futuro un vacío. Y sí, De Santis concede una gran importancia tanto al pasado como a los recuerdos (aunque recordar sea para él morir). Por eso piensa en su mujer muerta cada día y siente la necesidad de ir al lugar exacto donde se conocieron. Hay también un asunto que cuarenta años después le trae a De Santis por el camino de la amargura y que genera cierto suspense en la película. La clave del enigma lo tendrá la animosa Coco, de afilada lengua, habla atropellada y amiga de la infancia de De Santis.

Paolo Sorrentino crea poderosas y bellas imágenes, a menudo ralentizadas, sustentadas en una potente banda sonora, como el encuentro entre De Santis y el presidente de Portugal, bajo un fortísimo chaparrón. O el astronauta que al llorar ve cómo la lágrima flota en el espacio y le entra la risa. Música y lágrimas que van de la mano, lo vemos en la escena final y que podría llevarnos al texto de Nietzsche, a su Ecce homo.

Un papel clave lo tiene la combativa Dorotea, la hija de De Santis, también jurista, la mano derecha de su padre. Empeñada en que la ley de la eutanasia salga adelante. De quién son nuestros días, pregunta Dorotea. Es evidente que no nacemos, nos nacen. Sin embargo, una vez nacidos, en nuestra mano debería de estar el decidir qué hacemos con nuestras vidas y cuándo y cómo queremos ponerle término.

La grazia he tenido ocasión de verla en el festival Actual, en Logroño, en la Filmoteca Rafael Azcona.

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Prisciliano. Vida y muerte de un disidente en el amanecer del imperio cristiano (Diego Piay Augusto)

Un viaje en el seno familiar, a mediados de los noventa, nos condujo en coche en un par de días desde Logroño hasta Trier, o Tréveris, en el tiempo de los romanos. Apenas recuerdo la Porta Nigra, y nada de las termas, el anfiteatro y el resto de vestigios romanos que no recuerdo haber visitado y que hoy en día son patrimonio de la humanidad.

Recuerdo haber tomado una cerveza en una plaza que apuré casi de un trago, con un calor ambiente de mil demonios. Fue una de las mejores cervezas de mi vida. El caso es que Treveris fue sede del imperio romano, también donde Prisciliano, obispo (laico) fue ajusticiado. Murió decapitado, tras cinco años de lucha, acusado de herejía (por otros obispos), durante el reinado del emperador Máximo. Fue el primer cristiano condenado a muerte por sus creencias religiosas tras la promulgación en Milán del edicto de tolerancia de Constantino: Máximo había puesto su espada al servicio de la Iglesia.

Prisciliano nació en el 340 en Galicia, no se sabe exactamente dónde (en el período conocido como Antigüedad tardía) y murió en el 385 en Tréveris. La información sobre dónde fue enterrado tras su muerte es hoy un misterio. Se cree que está en Galicia y una hipótesis apunta a que podría estar enterrado en Santiago de Compostela.

Prisciliano sintió muy próxima a él la historia del Nazareno, y sintió «la llamada» tras atravesar «todas las experiencias de la vida humana». Y decidió alejarse del paganismo previo y aceptar el cristianismo, que en el 380 fue adoptado como la religión oficial por el Imperio Romano. Fue obispo de Ávila.

Su pensamiento no fue bien acogido por las altas instancias de la iglesia, que estaba en contra de que las mujeres pudiesen leer las sagradas Escrituras como defendía Prisciliano. El cual fue también muy crítico con la opulencia que veía dentro de la iglesia, predicando y practicando el ascetismo.

La biografía detalla bien cómo vivieron los priscilianistas a medida que cambiaban los emperadores, aunque siempre parecieron estar en el punto de mira. En el año 381 con Graciano como emperador, Prisciliano decide dirigirse a Roma, a fin de poder exponer al Papa Dámaso las circunstancias que le han impulsado a él y a los suyos a solicitar su audiencia. Un periplo bien detallado en el libro que durará alrededor de seis meses entre la ida y la vuelta.

Un cerco hacia los priscilianistas que se fue estrechando hasta que Prisciliano acabó siendo denunciado por otros obispos y Prisciliano tirándose un órdago, para sustraerse de los jueces apeló al emperador. Pero tras ser detenido y verse sometido a las torturas ideadas por los sicarios del prefecto Evodio, admitió practicar la magia, haberse consagrado a doctrinas obscenas, haber celebrado reuniones con mujeres vulgares y rezar usualmente desnudo, lo cual supuso su sentencia de muerte.

Poco a poco el legado de Prisciliano tras su muerte fue difuminándose, sin embargo, la biografía de Diego Piay (la primera biografía histórica sobre Prisciliano, editada por Trea) ayudará a mantener viva su figura, pero a pesar de que Prisciliano fue un erudito que dejó varios libros escritos la biografía apenas abunda en dichos textos (se recurre más a fuentes ajenas a Prisciliano) y no me queda tampoco muy claro qué contenía su prédica para ser tan bien recibida y propalada por tantos. Quizás fue que la gente se vio seducida más por el ejemplo que por la palabra, que sin el primero deviene en puro humo.

Lecturas periféricas | El pecado

Mis jardines

Mis jardines (Richard Schaukal)

Ápeiron Ediciones ha publicado recientemente, con traducción de Roberto Vivero, el libro de poesía Mis jardines, versos solitarios, del diplomático y escritor austriaco Richard Schaukal (1874-1942), figura clave del modernismo, decadentismo y el simbolismo de la Viena de fin del siglo XIX.

El libro de 116 páginas consta de un prólogo: La verja del jardín, seguido de cinco capítulos: Coto de caza. Libro de las decepciones; El estanque. Libro del anhelo; Los muros del tejo. Libro del artista; Macizo de flores. Libro del amor; Avenida. Libro de las sombras y las figuras y un epílogo: Misère.

El prólogo: La verja del jardín mantiene el mismo espíritu que las citas que Schaukal recoge de Goethe, citas que hablan del abismo entre el autor y la multitud, de lo mucho que aprendió del sufrimiento o su empecinamiento por instalarse en la soledad y el silencio, en la desnudez (no solo física).

Los poemas datan de 1897, luego Richard constaba 25 años cuando los escribió. Y me resulta extraño que dedique tantas poesías a la juventud, como si esta fuese para él algo ya muy remoto, pasado y casi olvidado; un agua fresca que dejó correr y de la que nunca más tendrá conocimiento, cuando Richard estaba instalado en dicha juventud. Ahora bien, quizás estos jardines del título sean una especie de fortaleza interior, el lugar apartado en donde Richard puede llevar a cabo su vida recoleta, silenciosa y en soledad, dedicando su tiempo a las oraciones y muy poco al amor, amor que aquí se manifiesta como un ideal y que tiene muy poco de carnal y mucho de casto, y que en el caso de consumarse, como queda patente, no traerá aparejada la deseada dicha.

A una mujer

Sufriste y reíste.

El amor encendió la llama.

Cortejo y concepción.

Presa de penas y de niños,

privada de fe y primavera,

marchita, deshojada,

¿lloras?

¿Tu pasado se burla de ti?

Para Schaukal incluso la (ruda) luz resulta ser un tormento. Sin dejar un resquicio para la amistad, porque el camino de sus amigos ya no es el suyo, a quienes ya no puede darles ni la sombra de su yo, solitario y vergonzoso, solemne y silencioso. En estos términos se desnuda y describe.

Y si sale de la fortaleza será para volver rápidamente, quizás porque el mundo es algo hostil y desapacible, vertiendo en sus poemas sal sobre la herida abierta que es la fugacidad del tiempo y su carácter efímero. Son poemas en los que prima siempre el sentido del deber, un rigor y envaramiento del que Schaukal pareciera querer, si no desprenderse, al menos, sí ser capaz de reflexionar sobre estas cuestiones a través de la palabra escrita y la poesía, con una determinación claramente introspectiva.

Es recurrente en los poemas la presencia de las puertas, convertidas en muros físicos y mentales, como esos bárbaros que tratan de romper los cerrojos que permitirían acceder a su alma. Uno de los poemas lleva por título La puerta de la muerte. Y para cruzar dicha puerta hay que hacer méritos. No puede cruzarse cuando hay en el corazón odio, ira, y codicia. Un manantial de vida, en resumen.

Cierra el poemario Misère, que certifica la impostura de las palabras, falseando el mundo, y al mismo tiempo la tenacidad para seguir insistiendo en el lenguaje, buscando las puertas que nos den acceso, ¿a qué? ¿a la verdad, la vida, la luz, la sabiduría?