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Sé morir (Elena Mesa)

El título de la novela, Sé morir, da una idea aproximada del contenido de la misma. Y tal y como cuenta Elena en el preámbulo de la novela, a su hermano lo mataron, o eso le dijeron cuando sucedió. Luego, dos décadas después recibió un diario del muerto y entonces supo cómo fue su final. Sé morir es el testimonio de un suicidio, también del vínculo entre el muerto y su hermana, en Medellín.

La escritura, a través del diario, es la manera que el hermano tiene de reconstruir su memoria, fijar los recuerdos, en una infancia no exenta de dificultades, porque el caso de los hermanos sanciona el escaso compromiso con la paternidad de los hombres colombianos que las mujeres frecuentan; así no saben nada de su padre y su madre tirará de ellos como buenamente puede. Mantiene con los hijos una relación difícil, donde apenas hay ternura, y sí ausencias, y un comportamiento duro y frío. Pero no hay en las palabras del hermano un ajuste de cuentas, sino más bien un reparto de anécdotas y recuerdos, donde unas van al debe y otras al haber. Un saldo, no obstante, desbalanceado. A medida que el niño se vuelve adolescente y luego adulto la relación con la madre cambia y ambos la asimilarán de otra manera, porque su madre también ha sufrido lo suyo.

Al hermano, la muerte del hijo de la vecina, al que verá colgado en su casa, cuando es un niño, le marcará profundamente. Hay algo ahí fundacional para él. Un camino que también él querrá seguir. Para aclarar sus ideas, poner tierra de por medio, y sustraerse a cuanto le rodea, ingresa en un monasterio. No para hacer carrera monacal, porque después de un año tendrá claro que ese no es su camino, sin embargo, ha tenido mucho tiempo para pensar y reflexionar acerca de lo que quiere hacer con su vida, o con su no vida, viendo claro la manera de proceder para satisfacer sus ganas de morir. Y en este hecho no hay dramatismos ni aspavientos, sino precisión y determinación, buscando la manera de que la muerte sea lo más inocua posible para sus seres queridos.

Un tema importante en la novela, su gran virtud, es que aquí no se explica ni se justifica nada, porque la muerte del hermano no se resuelve como causas y efecto. Sabemos qué vivió el hermano, qué relación tuvo con su hermana y con su madre, la manera en la que no pudo desarrollar su homosexualidad, pero nada de todo esto conduce necesariamente al suicidio.

La pausible primera novela de Elena Mesa, editada por Tránsito, aborda una situación dramática con una ternura y delicadeza que sostiene toda la narración.

Sé morir
Elena Mesa
Editorial Tránsito
2025
152 páginas

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El paisaje es un grito (Eduardo Ruiz Sosa)

Si todo fluye y cambia, como nos dijo Heráclito, quien se va volverá siendo otro a un lugar que tampoco será el mismo. Pensemos entonces el espacio como algo lábil, permeables o correosas las fronteras. Vemos una comunidad móvil, despareja y fecunda, que me recuerda a la de Sirat. En el coche van cuatro personas, una de ellas ha muerto: el Genízaro. ¿Pero cuando podemos hablar de muerte? Más allá de lo físico, el Genízaro persiste en las palabras de los otros, en sus recuerdos. Baldor —que viene del Otro lado, de la parte gringa—, Lombardo y la Caticha quieren llevarlo a su lugar de nacimiento: El Presidio.

¿Cómo encontrarlo? Porque el espacio es aquí un eco esquizo. Menudean las ciudades con el mismo nombre, así París. Y el lector flipará al no saber si está en Europa (cuando lea Belfast o Praga), o en el norte de México o extraviado en una pesadilla terrorífica, por real. Sumemos más extrañeza: al llegar a Providence, el Genízaro, el muerto, pasa a ser divisa universal, metáfora de lo extinto que nadie quiere que desaparezca, el muerto a adoptar, aquel a quien llorar.

Y los otros tres siguen su camino, y el hilo es cable con múltiples hilos: acomodemos el cerebro para los saltos temporales. Porque el Genízaro tuvo padres: Eloísa y Ezequiel, y ahí aparecen las minas: empleo, también destrucción del paisaje. Y cada cual busca su espacio, como Lombardo en Quincy. Pienso en el juego del “Tú la llevas”, porque parece que la memoria propia también puede ser transmitida. Si somos el tiempo que nos queda, ya muertos, somos las palabras que los demás guardan de nosotros, los restos de la memoria en la piel ajena; así la Caticha, la Onza y el Perdomo. El hilo sigue despeluchándose en palabras y recuerdos; en las manos la aguja y el hilo de la memoria, siempre tan frágil, ante el empeño humano de hacer sólido el viento.

La novela es un continuo acarreo. Por eso la Caticha subraya párrafos, apresa las palabras y las atesora. ¿En qué medida esa apropiación afecta a su naturaleza y a su identidad?

Las mutaciones en la novela tienen mucho que ver con lo disperso y lo fragmentario; la migración es movimiento y retorno. Por medio, el destierro y el desarraigo. Un volver ¿adónde?

Mat Xante funda 23 ciudades con el mismo nombre: París con la idea de dispersar y destruir la historia del París original. Ya no hay un centro porque la realidad deviene fractal. El desasosiego, el desconcierto de los personajes, se adhieren también al lector y se convierten en tos nerviosa.

Y la sintaxis también muda: las palabras no siguen la puntuación debida, y el lector debe establecer sus propias pausas, cuando las palabras se desangran en los márgenes o mueren a mitad de la línea y pasan al Otro Lado.

Leer es aquí un terreno inestable; un libro del desasosiego en el que me costó tanto entrar que luego —como los pulpos del Elías entre los arbustos— no encontré la manera de salir. Y sigo ahora como la Caticha, puliendo la punta del lápiz en la hoja, hollando las frases de Eduardo, apurando el néctar de la efímera inmortalidad que concede la buena literatura.

El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
2026
398 páginas

Eduardo Ruiz Sosa en Devaneos (Primera silva de sombra, Cuántos de los tuyos han muerto, Anatomía de la memoria, El libro de nuestras ausencias)