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Remover la tierra (Antonio Sánchez Gómez)

El extremeño Antonio Sánchez Gómez no va a Bolivia a hacer las américas, sino a defender a una comunidad del poder extractivista. Porque Bolivia es un país extraordinariamente rico en recursos naturales, pero esa riqueza no parece haberse traducido en un bienestar equivalente para buena parte de su población, como sí ha sucedido por ejemplo en Noruega.

Durante siglos, la explotación de sus minas ha alimentado fortunas y abastecido mercados internacionales, mientras muchas de las comunidades que habitan esos territorios siguen viviendo en condiciones de extrema pobreza. Esta contradicción atraviesa Remover la tierra, de Antonio Sánchez Gómez, un magnífico libro que combina la crónica de viajes, la denuncia ambiental y que atesora mucha calidad literaria.

Antonio llega a Bolivia para colaborar con una organización que prepara una demanda por la contaminación minera que afecta a la comunidad indígena de San Agustín de Puñaca, junto al lago Poopó. Ese es el punto de partida de un recorrido que lo llevará desde el altiplano andino hasta las tierras bajas de la Amazonía, a través de paisajes de una belleza extraordinaria, que uno quisiera conocer.

El viaje de Antonio es para el lector una experiencia inmersiva. Doy fe: mineros que enferman y mueren prematuramente por las condiciones en las que trabajan; poblaciones indígenas obligadas a alimentarse de peces contaminados por mercurio; ríos envenenados por los vertidos mineros; bosques arrasados por los incendios o una agricultura intensiva que va devorando extensiones cada vez mayores de territorio. Cuesta creer que, en pleno siglo XXI, todavía existan comunidades que carezcan de servicios tan elementales como la electricidad mientras sus tierras proporcionan recursos de enorme valor económico que no redundan en las comunidades.

Esto me recuerda a ciertas formas de colonialismo. Sí, han cambiado los protagonistas y las estructuras de poder, pero siguen existiendo relaciones profundamente desiguales entre quienes poseen los recursos, quienes los explotan y quienes obtienen los beneficios. Tampoco los gobiernos de izquierda escapan a esas contradicciones. La figura de Evo Morales, que llegó al poder reivindicando los derechos indígenas y la defensa de la Madre Tierra, aparece cuestionada por algunos de los testimonios recogidos. Su política nacionalizadora aumentó la participación del Estado en los beneficios de los recursos naturales, pero no logró romper con un modelo económico basado en su explotación intensiva.

Una de las cosas más sorprendentes en el libro me resulta la presencia de las comunidades menonitas: grupos religiosos de costumbres tradicionales y aparentemente alejados de la modernidad que, sin embargo, participan plenamente en una agricultura mecanizada y orientada a los mercados internacionales. Su actividad, vinculada a las grandes cadenas comerciales americanas de la soja, pone de manifiesto hasta qué punto la lógica de la rentabilidad y la productividad arraigan en comunidades que parecen vivir de espaldas al mundo. Los menonitas no se consideran bolivianos. No quieren saber nada del Estado. Simplemente son hijos de Dios.

Aquello que hace grande al libro, o suscita mi interés es la multitud de personas que Sánchez Gómez encuentra en su camino y las figuras históricas que convoca para comprender mejor el país. Activistas, periodistas, antropólogos, campesinos, mineros y defensores del territorio van componiendo una realidad proteica. Óscar Olivera, protagonista de la Guerra del Agua de Cochabamba; la antropóloga Alison Spedding; la escritora aymara Quya Reyna o el periodista Roberto Navia aportan distintas perspectivas sobre la historia, y la política de Bolivia. Incluso se nos presente, afantasmado, Simón Patiño, el gran magnate del estaño.

Me gusta mucho leer sobre esas voces anónimas y acalladas, las de las mujeres palliris, que rebuscan entre los desmontes de las minas los restos de mineral que les permiten sobrevivir.

Y algo que me ha gustado mucho del libro es uno de los capítulos finales, La caída. Creo que la feracidad de la naturaleza boliviana encuentra su correspondencia en la exuberancia del lenguaje, en una escritura, la de Antonio, que parece contagiarse de la vitalidad, la diversidad y los contrastes del territorio boliviano que recorre. Como los dias en los que deambulan por un río y parece que nos encontrasemos en el corazón de las tinieblas.

Antonio incorpora en sus escritos las palabras, expresiones y giros de la lengua boliviana. Algo que aporta autenticidad y musicalidad a las crónicas. Por otra parte, las conversaciones están muy bien integradas en el texto y no interrumpen el ritmo narrativo, sino que lo espolean.

Remover la tierra no es una crónica de viajes o un ensayo político al uso, pero permite al lector acercarse a la realidad de Bolivia, y en cierta manera, desentrañarla.

Aunque la mayoría de los testimonios son desoladores, también vemos cómo, siempre, de una manera instintiva, al poder le surge un contrapoder: el pueblo, que con sus huelgas de hambre, bloqueos, marchas, cercos y vigilia, ponen de manifiesto la inextinguible lucha social boliviana.

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La edad experimental (Erri De Luca & Inès de la Fressange)

Erri De Luca compara sus años de vida con los de un caballo. El hombre vive la vida de tres caballos y él va por la tercera. Ahora avanza al paso. Según Erri esta edad que vive ahora es una edad experimental, pues tiene la extraña sensación de que nadie ha sido viejo antes que él, dado que la vejez de quienes le han precedido no le sirve de modelo ni le prepara para nada, porque para el cuerpo de cada uno, cuando sucede, es la primera vez. Esto es interesante, porque bajo el paraguas de la tercera edad hay personas con intereses, necesidades, y biografías muy diversas, que responden de distinta manera ante el paso del tiempo. Ya sea dedicando su tiempo al voluntariado, al cuidado de los nietos, a la práctica deportiva, a viajar, al cuidado de los familiares. Erri piensa que brindar su tiempo y experiencia de forma gratuita infunde un significado más profundo al tiempo que le resta.

Aunque Erri tiene vicios adquiridos de sus años laborales, como madrugar, sigue experimentando en esta edad suya. Piensa que cada vejez es distinta y no reductible a un canon. Para sorpresa de muchos, según él, la vejez va cuesta arriba, no cuesta bajo y esconde vastedades desconocidas. El objetivo no es la longevidad.

A Erri le interesa más el proceso, movido por la curiosidad; la misma que le lleva a escribir (la escritura equivale a Erri a estar acampado) para conocerse y reconocerse. En libros como Imposible Erri ya había dado cuenta de su pasión por las montañas. Ahora sigue yendo el monte y la actividad física es el motor que lo mueve. Llegar cansado a la cama es la condición necesaria para un sueño satisfactorio.

Por otra parte, el inconformismo consustancial a Erri, quizás tenga que ver también con esa calificación de experimental que Erri da a su actual edad.

A los textos de Erri se añaden fotografías y otros textos de Inès de la Fressange, que no me parece que sumen nada al conjunto, dado que no hay apenas contraste, ni mordacidad en ellos. Los considero un añadido superfluo.

Ahora quiero ver el documental del mismo título dirigido por Erri.

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Los umbrales (Liliana Muñoz)

Simultaneaba la lectura de Los umbrales con La edad experimental de Erri De Luca. Sobre la mesa, en ambos casos, la vejez. En el caso de Erri la suya propia. En Los umbrales de Liliana Muñoz, la vejez es de la su tía abuela Yoli. A pesar de su corta extensión la novela explora una cantidad de temas que nos conciernen a todos. Yoli supera los noventa años y es ahora cuando Liliana comienza a ver el avance de la enfermedad, el devenir en el cuerpo ajeno y tan querido, la memoria intermitente. Liliana, frente a una muerte que puede llegar más pronto que tarde, se faja en un texto que resulta entrañable y conmovedor.

No solo escribe Liliana sobre su relación con su tía abuela, sino también la que mantuvo con su abuela, su madre, padre o hermano. La familia es aquí una comunidad donde cada cual aporta sus dosis de cuidados, pero claramente desbalanceado. El texto se vuelve autobiográfico cuando Liliana comenta algo que me suena conocido: que su vida la ha articulado siempre en torno a la lectura. Que todo lo que no sea leer, supone una interrupción. Ahí entra el trabajo, la familia, los amigos: TODO.

Liliana da cuenta de sus múltiples viajes y mudanzas. Su salida de casa con 18 años de Mérida (en Yucatán), sus continuos retornos a casa, la manera de solucionar los problemas en la distancia, o la manera de compatibilizar la familia y sus amigos. Volver a casa es volver a la familia, al abrazo, al contacto con el cuerpo y la voz tan querida.

El libro mantiene un humor sostenido y el texto resulta alegre, luminoso, y sobre todo vivaz, a pesar de que la enfermedad y la decrepitud están aquí presentes, pero no como sería esperable, sino como un canto a la vida, a un pasado capitalizado y atravesado por la memoria familiar.

Y esas lecturas de la que nos habla Liliana, tienen que aflorar inevitablemente, por eso, en algunos capítulos las reflexiones se cierran recurriendo a esos párrafos que Liliana ha leído y subrayado en otros libros, y que necesita para explicarse lo que siente y piensa. Es otro homenaje más a la literatura y la lectura, que le son consustanciales.

Los umbrales es un texto que he leído con un nudo en la garganta y los ojos vidriosos, donde la naturaleza humana se ve muy bien reflejada y donde toda la emoción se va acumulando en el cielo del estómago, esperando que una buena chaparrada me permita sacarla al exterior, hacia el mapa del rostro.

Los umbrales
Liliana Muñoz
Editorial Tránsito
2026
176 páginas

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La edad infinita (Miriam Reyes)

Sentía curiosidad por leer esta historia, la de una niña gallega que en 1983, con ocho años, es reclamada por sus padres, y debe dejar a sus abuelos en España para trasladarse a Venezuela, a Caracas. Según leemos, la ciudad sería para la entonces niña una cárcel, un manicomio, una isla del tesoro, una sala de fiestas y finalmente un paraíso perdido.

Leído así, en las primeras páginas del libro, la novela promete. Pero a medida que avanzo en la lectura la niña se transforma en bruma, en venero intermitente, se ve aplastada por el peso de la historia y la presencia de la autora, donde se explica más que se cuenta, de tal manera que la niña, y lo que esta siente, piensa y toda la transformación que opera en ella a medida que crece hasta la edad adulta, quedará diluida entre cifras, datos, y reflexiones que se apartan de ella para convertirse en un ensayo. Es entonces cuando el hilo narrativo se pierde, la tensión disminuye y lo conseguido se me desvanece.

Me resultaba interesante saber qué siente una niña de ocho años que es española y poco a poco se siente venezolana, pero que al no renunciar a su nacionalidad española no puede ni siquiera votar en Venezuela, el cambio de familia, de continente, de costumbres…

Me interesaba la novela porque mi historia familiar también se nutre de exilios y migraciones, precisamente en Caracas. Y de la misma manera que unos regresaron, otros familiares se afianzaron allá y echaron raíces y sufrieron los vaivenes económicos y los cambios de gobierno y el devenir de un país que gracias al petróleo podría haber vivido a cuerpo de rrey. Por eso el lenguaje que maneja Miriam me resultaba conocido, al haberlo oído tantas veces, aún hoy, por boca de mis parientes venezolanos, y ahí sí que había un hilo que me conectaba con la lectura.

La edad infinita
Miriam Reyes
Editorial Tránsito
2025
181 páginas